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El malestar interior
Hegel afirmaba que la historia comienza con el origen de las relaciones humanas. Pero cuando estas, por decisión u obligación, se degradan y oscurecen, perdemos una parte esencial de nuestra historicidad. Afuera podemos percibirnos de maravillas, pero adentro zonas grises y oscuras nos impiden mirar el mundo exterior con claridad.
Si la comunidad a la que pertenecemos nos impone una carga de cosas que no pueden nombrarse, la angustia será inevitable. Y aunque el malestar es padecimiento individual, el trastorno masivo deviene colectivo; social.
Por primera vez, desde el uso de los instrumentos estadísticos, la salud mental emerge como la principal preocupación sanitaria del planeta. Sobre otras patologías -físicas y degenerativas-, representa el 48 % de las preocupaciones que estorban a la humanidad. Prevalece una sensación extendida de ansiedad y un grado profundo de depresión, mientras el 60% confiesa sentirse estresado o amenazado por esta reacción física y emocional. El malestar es interior y silencioso: la mayoría lo sobrelleva sin poder explicarlo con precisión.
La agitación, callada y cortante, alborota el futuro y difumina los marcos estrechos de toda relación. ¿Qué acontece para que esta sociedad, sofisticada y veloz, acumule este sedimento de estresores angustiantes?
Para Salvatto (2024), el desasosiego tiene motivos diversos y, con elevada probabilidad, está relacionado por la vida algorítmica actual. Prototipo de una socialización sofocante que reconstruimos desde la sociedad tardomoderna, jóvenes y adolescentes registran síntomas de ansiedad y depresión (15%), evidenciando que el problema traspasa los límites de la edad. Debajo de la superficie, fricciones y magulladuras escondidas agrietan la vida, la identidad, la misma libertad.
En el plano superficial todo es predecible, calculable, merced a la visibilidad y la medición comprobable de los modelos de elección guiados por la optimización del algoritmo. Convencidos de nuestro espacioso albedrío, ejecutamos decisiones ajenas y, muchas veces, accidentales. Si, apoyados en la predictividad complaciente del algoritmo, suplantamos el razonamiento propio, más que libres pensadores nos convertimos en objeto de una neuromanipulación solapada.
Pensar resulta cada día más irritante y, a juzgar por los pronósticos predictivos, menos fiable. Ante la ausencia del juicio fecundo, el algoritmo estimula la proliferación del “ejecutor emocional”, basado en el patrón estadístico -eventualmente cuantificable- consumando la repetición y la rutina mecánica…
El malestar es interior y silencioso: la mayoría lo sobrelleva sin poder explicarlo con precisión.
Hoy no cuestionamos la pertinencia del próximo paso, sino cuál seguirá después de haberlo dado. Qué puede, en medio de este tórrido vendaval, permanecer intacto. Subrepticia, entre desarraigo y malestar, la dicotomía va creando una aglomeración de insatisfechos: un enjambre angustioso que supone, con desagradable presentimiento, cómo cambiará nuestro mundo en lo adelante.
Poseemos mucho más de lo que nos faltaba antes. A contramarcha del pesimismo, vivimos más tiempo, con mayores ventajas educativas, mejores alimentos y mejor estado de salud y, aunque parezca contradictorio, somos menos violentos. Invocamos una posibilidad reveladora: nuestros descendientes dispondrán de mejores oportunidades y contarán con más años de existencia... ¿Dónde, pues, está fallando el GPS vital que nos arrebata la paz y asedia espiritualmente?
El confort y las facilidades desbordan la vida posmoderna, pero atraen un torbellino de frustraciones conocidas e indescifrables. Pese a los cambios predecibles y controlables por el algoritmo, en la incertidumbre del ciberespacio todo se evapora, se vuelve manipulable. De ahí que pensar constituya un acto de rebeldía responsable. Y también un esfuerzo fastidioso, no porque falten pensadores, sino porque importan cada vez menos.
Rodeada de una soldadesca -con ciega fe- de influencers y seguidores, la verdad aparece condicionada por las acrobacias de una generación que, con astucia inusitada, puede instrumentalizar y reciclar la trivialidad y la inmediatez exitosamente.
En el trasfondo de las redes permanece el hueco descomunal de una ilusoria compañía, como crudo espejismo de solitaria frialdad. Entre relaciones someras y superficiales, aclamando libertad, va quedando arrinconada la comunidad. La esperanza en el provenir, vaciada de humanidad, pasa primero -sea cual sea la espera- por esa medida y tamiz.
Las contradicciones, acuciantes e inevitables, se amontonan sin sustancia ni criticidad: ya no importan como tales. El malestar aguijonea y mortifica, en tanto aguardamos, individualmente, el penúltimo psicofármaco para aliviar el malestar y camuflar el hondo vacío de la soledad…

