¿Puede el Gobierno caer en impago administrativo por choque petrolero?

La estabilidad económica de la República Dominicana se ha construido a través de varias décadas. Es el resultado de una conducta fiscal sostenida en el tiempo, basada en el cumplimiento riguroso de sus compromisos financieros. Esa reputación ha sido, en muchos sentidos, uno de los activos más valiosos del país: ha permitido acceder a los mercados internacionales en condiciones favorables, incluso en momentos de elevada incertidumbre global.

Sin embargo, no todos los riesgos que enfrenta una economía moderna se manifiestan de forma evidente. Algunos se gestan en los intersticios del propio sistema institucional, en la interacción entre normas, procedimientos y choques externos. El escenario que comienza a perfilarse en 2026 responde precisamente a esa lógica.

El alza sostenida del petróleo, con un barril de West Texas Intermediate (WTI) moviéndose persistentemente en la franja de los US$95 a US$100, ha dejado de ser una presión coyuntural para convertirse en un factor estructural de tensión sobre las finanzas públicas. En ese contexto, emerge un riesgo poco discutido, pero potencialmente disruptivo.

El problema no es que el Estado se quede sin dinero; el problema es que puede quedarse sin permiso legal para usarlo.

No estamos ante una crisis de solvencia ni frente a un default tradicional. La amenaza es más sutil, pero igualmente peligrosa: un impago administrativo, originado en una asfixia por falta de apropiación presupuestaria. Es, en esencia, una ruptura entre la realidad económica y la arquitectura legal que regula el gasto público.

Para comprender la dimensión del problema, es necesario observar la dinámica del subsidio a los combustibles. Actualmente, el Gobierno central destina en torno a RD$1,900 millones semanales para contener el impacto del alza internacional de los precios. Esta política responde a la necesidad de amortiguar un choque externo que, de trasladarse plenamente a los precios internos, tendría efectos significativos sobre la inflación, el consumo y la estabilidad social.

La presión fiscal se explica por la brecha entre el costo real de importar los combustibles —medido a través del Precio de Paridad de Importación (PPI)— y el precio al que estos se venden en el mercado local. Ese costo incorpora el precio internacional del crudo, el flete marítimo, los seguros, el manejo portuario y la comercialización, todos afectados por un entorno geopolítico más incierto.

Bajo las condiciones actuales, el precio de la gasolina premium debería situarse por encima de los RD$340 por galón. Sin embargo, el Estado la mantiene en torno a los RD$314.10, absorbiendo una diferencia cercana a RD$26 por galón. Aunque menor que en escenarios de congelamiento total, este diferencial sigue representando una presión fiscal relevante cuando se multiplica por el volumen de consumo nacional. De hecho, su impacto acumulado ya supera los RD$9,300 millones en apenas unos meses.

El subsidio funciona como un dique de contención frente a la inflación y como un amortiguador social en el corto plazo. No obstante, su sostenibilidad depende no solo de la disponibilidad de recursos, sino de la capacidad del sistema presupuestario para absorberlo.

Aquí emerge el verdadero problema.

En la administración financiera del Estado, la existencia de liquidez no es suficiente para ejecutar el gasto. Cada desembolso requiere una apropiación presupuestaria previamente autorizada por el Congreso. Sin esa base legal, el sistema no permite avanzar. Es, en términos simples, como tener dinero en una cuenta, pero con la tarjeta bloqueada.

Cuando el gasto en subsidios excede lo presupuestado, se activa un bloqueo institucional en cadena. La Dirección General de Presupuesto no puede asignar nuevos recursos; la Contraloría no puede autorizar pagos sin sustento legal; y la Tesorería, aun con liquidez disponible, no puede ejecutar desembolsos. El resultado es una paradoja: el Estado reconoce sus obligaciones, tiene los recursos, pero no puede pagar.

Ahí es donde nace el impago administrativo.

La trayectoria actual del gasto indica que el punto de tensión no está lejano. En pocos meses se han comprometido recursos a un ritmo que desborda las previsiones iniciales, y si el precio del petróleo se mantiene elevado, el espacio presupuestario podría agotarse entre finales de agosto y principios de septiembre.

Pero más allá de las proyecciones, hay un dato que revela la magnitud del problema con mayor claridad.

El Presupuesto General del Estado/Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes vigente para 2026 contempla una partida de RD$13,500 millones para subsidios de combustibles. De ese monto, ya se han ejecutado un monto superior a los RD$9,300 millones, dejando un remanente que no llega a los RD$4,200 millones de oxígeno legal.

Al ritmo actual de gasto —cercano a los RD$1,900 millones semanales— ese margen se agotará en poco más de dos semanas. No hacia finales de año, sino en el muy corto plazo.

A partir de ese punto, el Estado entraría en una zona de alta fragilidad institucional, donde las obligaciones continúan acumulándose, pero el sistema carece de base normativa para procesarlas.

Aunque el Poder Ejecutivo ha señalado la disponibilidad de recursos adicionales en el orden de los RD$10,000 millones, ese anuncio no fue acompañado de la correspondiente explicación de donde salen, presentando déficit de validez operativa mientras no sea formalizado mediante una reformulación presupuestaria -salvo que hayan provenido del presupuesto del Mipymes. Sin autorización del Congreso ni identificación formal de fuentes de financiamiento, esos recursos no existen dentro del sistema financiero del Estado.

Pueden existir en el discurso, pero no en la contabilidad legal. Y es precisamente en esa brecha donde se incuban los episodios de impago administrativo. Frente a este escenario, la inacción no es prudente; es la opción más costosa.

Permitir que los precios de los combustibles reflejen de inmediato el costo internacional implicaría llevar la gasolina por encima de los RD$340, con un impacto inflacionario directo, caída del consumo y aumento de costos para las empresas. El Banco Central se vería forzado a subir tasas de interés, afectando el crédito y el crecimiento económico.

Por otro lado, mantener el subsidio sin ajustar el presupuesto conduciría a atrasos en pagos a importadores y generadores eléctricos, afectando sectores estratégicos y deteriorando la credibilidad del país ante los mercados internacionales. El resultado sería un mayor costo de financiamiento soberano.

La respuesta, por tanto, requiere anticipación.

La reformulación presupuestaria no debe interpretarse como debilidad fiscal, sino como un mecanismo de adaptación frente a un choque externo extraordinario. Ajustar la meta de déficit hacia niveles cercanos al 3.9% del PIB, autorizar financiamiento adicional y reordenar prioridades de gasto son decisiones coherentes con la magnitud del desafío.

Este proceso también abre espacio para mejorar la calidad del gasto público. La reasignación de partidas no prioritarias, el uso estratégico de fondos de imprevistos y el diseño de mecanismos más eficientes de subsidio —como bandas de precios o esquemas de focalización— pueden reducir el costo fiscal sin desproteger a la población.

En el fondo, no se trata de un problema de falta de recursos, sino de un desajuste entre el presupuesto y la realidad económica. Corregir ese desajuste a tiempo es lo que permite preservar la continuidad operativa del Estado.

La República Dominicana aún está a tiempo de evitar este escenario. Pero esa ventana es limitada. A medida que avanza el año, el margen de maniobra se reduce.

En economía, las crisis rara vez surgen de forma repentina; suelen ser el resultado de advertencias que no fueron atendidas. El impago administrativo pertenece a esa categoría de riesgos evitables.

Preservar la estabilidad no depende solo de los recursos disponibles, sino de la capacidad de alinear las reglas con la realidad. Y en ese equilibrio, la anticipación sigue siendo la herramienta más poderosa de la política pública.