Turba y decadencia

Lo ocurrido el pasado viernes en Santiago no fue solo el salvaje asesinato del chofer Deivy Carlos Abreu Quezada, sino la radiografía brutal de una sociedad que le ha perdido el respeto a la vida, a la autoridad y a la ley.

Un roce de tránsito bastó para que una turba gorilesca de motoconchistas se creyera con derecho a perseguir, acorralar, apuñalar y matar a un hombre desarmado. Y lo más aterrador es que la víctima -clamando por su vida- buscó refugio donde debía encontrarlo, en las inmediaciones del Palacio de Justicia.

Toda una espiral de decadencias. Primera, la humana, cuando se responde con odio donde debería imperar la prudencia. Segunda, la cívica, cuando salvajes de la informalidad vial normalizan la violencia e intimidación como método, y también cuando muchos ciudadanos prefieren grabar en vez de ayudar.

Tercera, la institucional, porque si ocho delincuentes pueden imponerse en el perímetro de un recinto judicial y con policías presentes, entonces el Estado está obligado a revisarse seriamente. Porque, aunque con excepciones, es evidente que en el motoconcho impera un ecosistema de desorden, irrespeto y violencia que hace tiempo debió ser intervenido.

La ironía es que esto ocurre justo cuando el país acaba de escuchar, en el foro de Listín Diario y la UASD, que la seguridad ciudadana no se resuelve solo con castigos, sino con prevención, educación, convivencia y eficacia institucional…Santiago nos recordó -con horror y sangre- que esa advertencia era correcta. Toca ahora a la justicia actuar con firmeza ejemplarizadora, aunque el verdadero juicio pendiente debe ser a una sociedad que se ha embrutecido y desensibilizado al extremo.

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