La paradoja del “gigante”: Una economía vibrante con el corazón enfermo

La República Dominicana es considerada hoy el “gigante del Caribe” en términos económicos. Gracias a un crecimiento sostenido durante las últimas décadas, ya somos catalogados como un país de ingresos medio-altos. Sin embargo, vivimos una profunda paradoja: esta bonanza macroeconómica choca de frente con la cruda realidad de un sistema de salud estancado.

La inversión pública en salud representa apenas un 4.9% del Producto Interno Bruto (PIB), colocándonos en la región solo por encima de Venezuela y Haití. Países con economías más modestas, como Nicaragua, El Salvador o Costa Rica, superan con creces esta cifra.

Más alarmante aún es la distribución del gasto sanitario nacional: el 38% proviene del Estado, apenas un 17% lo aportan las Administradoras de Riesgos de Salud (ARS), y un asfixiante 45% sale directamente del bolsillo del paciente. Resulta una ironía cruel que el sector que menor carga financiera asume (las ARS) sea el que dictamina cómo evoluciona —o se estanca— el sistema.

Si enfocamos la mirada en el área cardiovascular, el panorama es sombrío. Las enfermedades del corazón continúan siendo la principal causa de morbilidad y mortalidad en nuestro país, con más de 15,000 muertes en el 2025. A esto se suma un volumen inmanejable de hospitalizaciones recurrentes por fallo cardíaco, valvulopatías, síndromes coronarios y arritmias.

Un catálogo de la prehistoria

A pesar de que la Ley 87-01 que crea el Sistema Dominicano de Seguridad Social exige revisar el catálogo de prestaciones periódicamente y ajustar las tarifas según la inflación, este mandato es letra muerta. Nuestro catálogo tiene más de 15 años de atraso y los honorarios médicos llevan el mismo tiempo congelados o, en algunos renglones, incluso reducidos. Vivimos una distorsión inaceptable: las primas que pagan los asegurados se indexan periódicamente, pero la cobertura de servicios y honorarios no.

Hoy, el dominicano promedio que cotiza en el régimen contributivo no tiene acceso a procedimientos que son el estándar de cuidado en el resto del mundo, a menos que cuente con un seguro internacional, pague de su propio bolsillo o corra con la suerte de entrar en la lista de espera de una fundación.

Esta distopía nos otorga el triste privilegio de ser, junto a Haití y Bolivia, los únicos países del hemisferio que no cuentan con cobertura para marcapasos desfibriladores, por no hablar de procedimientos valvulares mínimamente invasivos o herramientas diagnósticas de última generación.

Mientras tanto, en El Salvador ya funciona un sistema de “Código Infarto” con trombólisis temprana y acceso a salas de hemodinamia mediante una red nacional de ambulancias; además, su gobierno acaba de financiar 100 válvulas percutáneas para este año. ¿Cómo es posible que una nación con menos recursos que la nuestra ofrezca avances que aquí parecen ciencia ficción? Esta brecha tecnológica ya no es con el primer mundo; es un rezago vergonzoso frente a nuestros propios vecinos latinoamericanos.

El impacto en la medicina nacional

Las consecuencias de esta inercia son exponenciales. Mientras el acceso a la medicina moderna esté limitado a una élite con capacidad de pago, no solo se pierden vidas, sino que se asfixia nuestra medicina nacional. Sin inversión tecnológica ni actualización de coberturas, el talento médico joven que se subespecializa en el extranjero no encuentra incentivos para regresar, condenando a nuestros centros a una cardiología subestandarizada.

El argumento histórico para justificar estas limitaciones ha sido “la sostenibilidad del sistema”. Sin embargo, existen modelos probados para manejar procedimientos de alto costo. La Sociedad Dominicana de Cardiología Intervencionista (SODOCI) ha propuesto a las autoridades protocolos de validación, seguimiento estricto e incluso la aplicación de cuotas, tal como hacen países con economías más pequeñas.

Hemos llevado estas inquietudes a la Superintendencia de Salud y Riesgos Laborales (SISALRIL) y se nos han prometido valoraciones. Pero el tiempo de las promesas se agotó; necesitamos acción.

Es imperativo abandonar la inercia que ha secuestrado nuestro sistema de salud por dos décadas. Es hora de que nuestra sanidad refleje el crecimiento del que tanto nos vanagloriamos en los foros internacionales. Las autoridades tienen hoy la oportunidad histórica de marcar un antes y un después. El pueblo dominicano no merece menos que un sistema que proteja su corazón con la misma fuerza con la que crece su economía.

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