Mi primera vez
Corría el año - no me acuerdo - cuando ya me encontraba en plena adultez; bueno, para ser francos, me refiero a la mayoría de edad, porque no sé cuándo realmente llegué o estoy próximo a obtener ese nivel que muchos llaman madurez. Como ustedes entenderán, llega un momento en la vida de todo ser humano, en esa etapa, de empezar a cumplir con los roles de abastecer las necesidades básicas propias, del hogar o de terceros, así como de ir encontrando su camino existencial.
Mientras más miraba a mi alrededor, veía que mis contemporáneos ya habían dado el paso, muchos desde antes de incluso terminar la era dorada del liceo. Pero imagínense yo, un imberbe que venía de una época donde todo era inocente. Y no fue sino cuando los amiguitos del barrio fueron quienes me informaron de ciertas cosas que ocurren entre los adultos y que a mí me parecían tan inverosímiles que hasta pequeños traumas generaron en mí.
No voy a detallar de cuáles cosas me iba enterando, pero, gracias a ellos, fui abriendo los ojos; así fui empapándome de una realidad que era inevitable y que, en el transcurso de los años, me tocó comprobar en carne propia. Pero hay una que llega a mi mente en específico, una que quizás haya mencionado en algún momento privado, pero que es bueno sacar a flote.
Les miento si les digo que estaba preparado; para nada. Aunque uno siempre se hace el fuertecito, que cuando le preguntan, y como un hombre macho, masculino y sin miedo al éxito —además de que así nos crían, a ser y vernos seguros, aunque nos estemos muriendo de miedo—, pero era algo que ya no podía evitar. Hacía tiempo estaba coqueteando con ese momento, a pesar de que no sabía lo que me esperaba.
En aquellos años del liceo, específicamente en mi último año, habíamos tenido conversaciones e incluso charlas; en el transcurso de esos tiempos nos fueron preparando, a pesar de que no había una materia en sí que nos enseñara emocionalmente cómo enfrentarlo. Solo te dicen que pasará y ya. Imagínense una persona que viene de otros tiempos, en donde no se veía tan sencillo como ahora se cuenta en las redes sociales, con el famoso “story time de mi primera vez”.
Recuerdo que cuando salíamos del liceo, íbamos a recorrer la Plaza de la Cultura, y en la Biblioteca Nacional encontrábamos folletos de pruebas nacionales anteriores y nos íbamos empapando un poco de lo que nos deparaba el futuro no muy lejano. Concluida esa etapa más o menos inocente, llegó la época de la universidad, donde ya no éramos unos adolescentes y nos enfrentábamos a cosas casi nunca vistas y a un mundo al que, si no te adaptas, fracasas.
Ya tus padres no estaban para salir a defenderte de cualquier percance; había que bandeársela solo, y así lo hicimos. Fuimos conociendo personas que nos hicieron más sencillo ese tramo, pero era solo una parte de lo que enfrentábamos. Llega el momento de empezar a relacionarse; brota el gusanillo del amor, como le dicen. Vas tras esa dama que te alborota las hormonas y que creemos es enamoramiento puro y simple.
A pesar de que eres un simple estudiante que tiene que buscar cómo resolverse porque en tu casa no hay más que para estudiar, uno quiere ser espléndido y así iniciar el pasillo de las citas, y así continuar la experiencia social que procede al momento de dos personas conocerse. Es cuando sientes que ya es el momento de hacerte un hombre y agarrar el toro por los cuernos. No quieres ser un simple niño de papi y mami; si otros lo lograron a una temprana edad, que el miedo no te detenga, así que sal y hazlo.
Entonces recibí aquella llamada; me convocaron para el día siguiente. Recuerdo que fue un mes de octubre. Llamé a un amigo para que me diera algunos consejos; me dijo lo que tenía que decir y qué hacer. Me preguntó si estaba listo y dije que sí, ¿qué más podía esperar?
Llegó el momento de reunirnos. No les mentiré: estaba bien nervioso. Hasta la vestimenta que usé la recuerdo como hoy, a pesar de que no era la mejor ropa; era la que más o menos se ajustaba.
Todo inició bien; conversábamos y todo iba fluyendo, aunque, de verdad, en el primer momento en que ella comenzó, me hizo sentir bien cómodo y en casa. Después de un rato, donde me preguntó de mi pasado, fue surgiendo la química. Ya en mi cabeza estaba el pensamiento: me la gané, y pasó lo que tenía que pasar.
Debo decir, con toda sinceridad, que desde ese día ella decía que era su novio. Me halagaba, porque nunca olvidaré que fue la primera y que ella me hizo sentir tan tranquilo, relajado, complaciente, siempre dispuesta y nunca me soltó la mano. Pero no es para menos: allí duré casi dos años; nos veíamos casi a diario, y ella fue testigo de mi pronta superación, de la que ella fue parte importante.
Así es, ella fue mi primera evaluadora en Recursos Humanos. Desde ese mismo momento, quedé en la posición para mi primer trabajo, como archivista en el departamento de contabilidad de la empresa comercial de venta de equipos industriales, piezas y alquiler de plantas eléctricas. Gracias a ella, desde entonces nunca me detuve. En menos de seis meses pasé de una esquinita en un departamento a mi propia oficina como auxiliar de servicios generales.
Lo demás lo contaré en otra historia, porque ya creo que me sobrepasé escribiendo. Pero ustedes saben cómo soy: si me dejan, no paro. Así que espero que nos encontremos en una próxima. Gracias por llegar hasta aquí.

