el bulevar de la vida

Don Héctor Rizek o el trabajo como forma de inventarse una patria

Pertenecía a esta escasa estirpe de hombres hechos a sí mismo; creadores de empresas emblemáticas y ejemplo de trabajo y solidaridad. Don Héctor Rizek Llabaly era parte de una generación de hacedores de sueños o pueblos, a través del trabajo duro, la fiel evidencia de que, gracias a eso que llaman “los lenguajes del amor”, un hombre puede -sin poesía ni palabras de tribuno romano o adolescente enamorado- decirle a su familia y a su país: “te quiero”.

Estos señores hacen mucho y hablan poco. Y de a poco, por mandato de Dios, se nos van yendo, adelantado hacia el más allá. Por eso, ahora que, vencidos y colonizados sin opción, el país anda cortito de próceres y emprendedores de sueños que hagan posible lo improbable, piensa uno que con otra generación como la de Don Héctor, donde está Manuel Corripio, Masú Perelló, González Cuesta, Ramos Uría, o León Jiménez, (todos nacidos en el primer cuarto del siglo XX, o antes), los dominicanos podríamos fundar mañana en la tarde o ahora mismo un nuevo país, la patria que perdimos. Todos ellos fueron emprendedores antes de que la palabra emprendedor existiera, y todos confirman lo que alguna vez nos recordó mi dilecto don Pepín Corripio: sólo en el diccionario, Éxito está primero que Trabajo.

Ahora que nuestros jóvenes, influenciados por la Era Digital, viven convencidos de que todo tiene que ocurrir inmediatamente y ahora mismo; y hasta aspiran al “santo fornicio” sin los juegos previos, sin los tiernos detalles del amor, digamos que un poema frente al mar, aquel dulce de leche con coco de Paya, o en épocas de bolsillos flacos la Freixenet cordón negro (comprada en el Supermercado con descuento), las delicias de chinola de L’Orangerie, o aquella copa de Laurent-Perier para sorprenderla, (perdón, por la nostalgia); ahora, cuando todas las horas parecen la hora del horno final, y nadie piensa en trabajar cincuenta años sin descanso para dejar una fortuna, una empresa, y la verdadera herencia que un apellido de prestigio representa, ahora es el tiempo del adiós agradecido y el recuerdo a aquellos creadores de un país a través del amor al trabajo, a su familia y a su patria chica, ya dije. Don Héctor Rizek, desde el anonimato de los grandes, era uno de ellos. Nunca conversamos, pero siempre supe de su visión y su ejemplo. ¡Paz! 

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