MIRANDO POR EL RETROVISOR
La bondad en medio del poder y la grandeza
Pese a tener su poder fortalecido y consolidado, el rey David quiso practicar un acto de bondad con la casa de su antecesor, el monarca Saúl, quien lo persiguió con saña y persistencia cuando se enteró que sería su sucesor.
Fue con Mefiboset, hijo de su leal amigo Jonatán y nieto del rey Saúl, quien cuando tenía cinco años quedó lisiado de ambas piernas. Su nodriza lo dejó caer cuando intentó huir con él en brazos al enterarse de la muerte de su padre y de su abuelo.
El relato bíblico contenido en el libro del profeta Samuel narra que Mefiboset habitaba en una ciudad llamada Lodebar, un lugar sin pasto y desértico, literalmente un pueblo en medio de la nada. (Segunda de Samuel 9:2-13).
David ignoraba la existencia de Mefiboset, pero se enteró por su sirviente Siba de su precaria condición económica.
El rey de Israel, para honrar su amistad con Jonatán, restituyó a Mefiboset todas las tierras que pertenecían a Saúl, dispuso que quedara al cuidado de su sirviente Siba y le otorgó todos los privilegios de la familia real, incluso comer junto a él en su mesa.
El relato es una historia de amistad leal e incondicional entre David y Jonatán, este último heredero legítimo del trono de Saúl, pero quien apoyó a David y lo protegió de su padre cuando se enteró que había sido ungido por el profeta Samuel como el futuro rey de Israel.
Pero también muestra a un rey que no se deja obnubilar por la grandeza y que, con tanto poder en sus manos, encuentra la manera de tener misericordia con el hijo de su incondicional amigo, pero también nieto del hombre que quería asesinarlo.
El rey David le otorgó a Mefiboset todos los privilegios de la familia real, incluso comer junto a él en su mesa.
Cuando busqué una definición de la palabra bondad me sorprendí de que fuera tan simple: Inclinación natural a hacer el bien.
Y pensé cuando releía ese texto bíblico la pasada semana, lo difícil que les resulta a los gobernantes manejar el poder y la grandeza. Pero también las tantas oportunidades de practicar la bondad que desaprovechan desde sus poltronas.
Uno lo palpa cada día con las imágenes sobre la ruina material y emocional, así como la estela de muertes, que va dejando la guerra escalada en Oriente Medio, luego de que Estados Unidos e Israel decidieron atacar a Irán, el pasado 28 de febrero, con las consecuentes respuestas de la nación islámica.
Zonas devastadas que van quedando como lodebares modernos, donde habitan niños y niñas ahora quizás discapacitados como Mefiboset por las secuelas de los bombardeos, y otros, con peor suerte, que quedaron sepultados bajo los escombros.
En medio de ese tétrico panorama, indigna que los esfuerzos diplomáticos para la bondad se encarrilen por otros senderos.
Un ejemplo. La semana pasada Irán intensificó sus bombardeos con misiles y drones contra instalaciones de petróleo y gas en todo el Golfo Pérsico, en represalia por un ataque israelí contra un yacimiento de gas iraní clave. Tras esos ataques y, ante un posible incremento desproporcionado de los precios de ese carburante, Israel se comprometió, a petición del presidente Donald Trump, a abstenerse de bombardear yacimientos de gas en Irán. Garantizar el paso de petróleo por el estrecho de Ormuz también mueve la “bondad” de los hilos diplomáticos.
Sin embargo, nada importa que se continúen bombardeando escuelas, hospitales y edificios donde habitan civiles. La bondad del poder y la grandeza no llegan hasta allí.
El otro escenario de oportunidad para la bondad que sucumbe en medio de la geopolítica acontece con Cuba.
En medio de la precaria situación en la isla por el desabastecimiento de combustibles y los cortes energéticos, Cuba sufrió la madrugada del pasado martes un temblor de tierra de intensidad seis en la escala de Richter. Y la respuesta del gobierno del presidente Trump, horas después del sismo, fue que endurecería la presión contra la isla caribeña.
He escuchado a algunos argumentar que el viejo régimen cubano debe desaparecer sin importar los medios. Me pregunté al respecto qué le ha hecho más daño al mundo, el régimen castrista o el “establishment” estadounidense que le impuso un bloqueo a la isla que ya se extiende por 64 años.
A ese “establishment”, término popularizado en 1955 por el periodista británico Henry Fairlie para hacer alusión a toda la red de relaciones oficiales y sociales dentro de la cual se ejerce el poder, se han plegado, sin un ápice de bondad, todos los presidentes de Estados Unidos, no importa que se haya ganado un premio Nobel de la Paz o que lo ostente por interpósita persona.
El “establishment” estadounidense, igual de añejo, le ha hecho más daño al mundo que la Revolución Cubana. Porque los médicos cubanos, dentro de todas las precariedades en la isla por el bloqueo de EE.UU., han aportado sus conocimientos y preparación a diversas naciones latinoamericanas. Los profesores cubanos también lo hacen y sus brigadistas en zonas de desastres.
Cómo sería mejor recordado un gobernante, ¿si evita guerras o las inicia? ¿Si aniquila un régimen que no le simpatiza o si pone fin a un largo bloqueo que ahoga a su pueblo? ¿Cómo el jefe de un Estado que dispone de la vida ajena a su antojo o que la resguarda? ¿Si ejerce el poder con crueldad o bondad?
El cantautor español Joan Manuel Serrat, cuando se le cuestionó sobre la fama que ha obtenido a través de la música, dijo en una entrevista el año pasado que “No he esperado a tener 80 años para saber que todo pasa muy deprisa y que hoy eres fuego y mañana olvido”.
Y sobre la fugacidad del éxito, expuso otra reflexión que deberían aplicarse gobernantes borrachos de poder y grandeza: “Más vale no enamorarse demasiado de algo que es tan voluble”.
Aunque practicó ese gesto de bondad con Mefiboset, el rey David no pudo construir un templo a Jehová como tanto anhelaba. La respuesta de Dios cuando se planteó hacerlo fue: “Tú has derramado mucha sangre, y has hecho grandes guerras; no edificarás casa a mi nombre, porque has derramado mucha sangre en la tierra delante de mí”. (1 Crónicas 22:8).
El honor de construir el primer Templo de Jerusalén correspondió a su hijo, el rey Salomón, quien pidió a Dios sabiduría en lugar de riquezas para gobernar, evitó las guerras y llevó al reino de Israel a su período de mayor esplendor.

