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La reputación
Aunque pertenecen a ámbitos distintos, la reputación personal y la corporativa son activos intangibles muy valiosos que se construyen con el tiempo y se sustentan en la confianza, pero que son altamente frágiles y muy sensibles a la injuria, al descrédito, al rumor, etc.
Por esa razón, tanto las empresas como las personas, son extremadamente celosas con su reputación, porque después que se lesiona rescatarla cuesta mucho.
En el caso de las empresas y las marcas, los principios que norman su reputación son: la calidad de lo que hacen, la satisfacción que producen en sus consumidores sus servicios o productos, su responsabilidad social, en fin, su comportamiento en términos corporativos y lo que proyecten en el mercado.
Pero resulta que ahora, en la era digital, esos valores corren peligro porque cualquier cretino puede lanzar infundios y sembrar dudas sobre la reputación de cualquier marca o cualquier persona, con una facilidad y una irresponsabilidad olímpicas, pasándole por encima a todos los esfuerzos y sacrificios de años que tarda una persona o una marca para posicionar su prestigio en el mercado.
Don Aníbal de Castro en su comentario del pasado lunes y refiriéndose a la reputación de las personas, habla de los delincuentes del lenguaje. Se refiere a esas personas que no tienen “límites éticos” y que hacen de la difamación una práctica irresponsablemente cotidiana.
Ahora, las evaluaciones públicas realizadas de manera irresponsable por cualquier imbécil, producen malestares que generan corrientes de opiniones que con el solo hecho de airearlas, generan malestares inmensos.
La reputación no solo depende de las acciones de quien la construye, sino también de lo que opinan los demás a partir de su ignorancia o de su mala o buena fe.
La reputación no es lo que uno dice ser, sino lo que los demás creen que uno es. Por tanto, hablamos de un capital moral y social que habita en la percepción del público.
Una empresa, un producto o una persona pueden tener un comportamiento prístino en un mercado, pero cualquier infundio puesto a correr a través una red social, puede deteriorar su imagen.
La reputación es una especie de capital invisible; un patrimonio que genera valor y construye sitiales que se forjan con el tiempo: cuestan dinero, sacrificios, ética y demás esfuerzos cualitativos de manera permanente.

