No es chepa, es preparación

“Ese sí tiene suerte, es un cheposo”, es la frase que se repite con frecuencia en la conversación cotidiana dominicana. Casi siempre aparece cuando alguien progresa, consigue un buen empleo o aprovecha una oportunidad que otros no vieron. Lo que rara vez se menciona es todo lo que hubo antes: horas de estudio, preparación silenciosa y decisiones tomadas cuando aún no había aplausos.

En República Dominicana solemos asociar el éxito a la suerte. Atribuimos los logros ajenos a factores externos, casi mágicos, como si el resultado fuera producto de la lotería. Sin embargo, cuando se observa con detenimiento, la historia suele ser distinta. Detrás del “cheposo” hay alguien que se preparó mientras nadie miraba.

Esta idea no es nueva. Ya lo advertía el gran filosofo Séneca, al afirmar que la suerte es la combinación de la preparación y la oportunidad. La oportunidad puede aparecer de forma inesperada, pero la preparación no surge por accidente: se construye con tiempo, disciplina y constancia.

En el ámbito educativo esto es particularmente claro. Muchas personas cuestionan el valor de estudiar porque no siempre se ven resultados inmediatos. Un curso, una carrera o una especialización no garantizan un beneficio instantáneo, pero funcionan como una inversión para nuestro futuro. Cada año de formación acumula capacidades que, tarde o temprano, amplían el rango de oportunidades disponibles.

Invertir en educación es, en esencia, invertir en la suerte futura. No porque el estudio asegure el éxito, sino porque aumenta significativamente la probabilidad de aprovechar una oportunidad cuando esta aparece. Quien no se prepara puede ver pasar la ocasión sin siquiera reconocerla.

En el mercado laboral dominicano, esta diferencia es evidente. Dos personas pueden enfrentar la misma coyuntura económica, tener amigos similares o competir por la misma vacante, pero, una está lista y la otra no. Desde fuera, el resultado parece suerte. Desde dentro, es preparación acumulada.

Lo mismo ocurre con el emprendimiento. Cuando un negocio despega, suele hablarse del “golpe de suerte”. Pero pocas veces se mencionan los años previos de aprendizaje, los intentos fallidos, el conocimiento del mercado y la capacidad de tomar decisiones con evidencia. La oportunidad existe, pero no todos están en condiciones de capitalizarla.

El problema de romantizar la suerte es que desincentiva el esfuerzo. Si todo depende del azar, ¿para qué prepararse? Ese razonamiento es especialmente dañino para los jóvenes, que pueden subestimar el valor de invertir hoy en capacidades cuyos frutos se verán más adelante.

La suerte no es un don reservado para unos pocos. Se construye, se acumula y se trabaja. Cada inversión en nuestra educación, aunque no veamos los resultados de inmediato, es un aporte directo a la suerte del mañana. En un país donde las oportunidades no siempre abundan o son “calvas”, prepararse sigue siendo la forma más efectiva de fabricarlas.