VIVENCIAS
El alto costo de aprender un idioma
En el género distópico, la narración aparece cuando la realidad ya no tolera un registro serio. No se trata de anticipar el futuro, sino de ordenar lo absurdo para poder contarlo, dejando apenas un resquicio para recomponer lo humano a pequeña escala.
Así comienza la historia. Un hombre, acorralado por sus problemas, creyó hallar la salida en un idioma ajeno que no dominaba. No buscó comprenderlo, sino impresionar: habló, cantó y repitió palabras, esperando que el sonido resolviera lo que el sentido no alcanzaba.
Pidió, con torpeza insistente, que nadie interviniera. Quería ser entendido sin correcciones ni traducciones. Pero su voz cruzó más de lo previsto y fue oída por una fuerza superior, experta en intervenir incluso cuando promete no hacerlo.
Esa fuerza no corrigió acentos ni afinó canciones. Permaneció. Día tras día. Cada jornada costaba una suma exagerada y repetitiva que, al multiplicarse por el tiempo, se volvió desmesurada: miles de millones destinados a sostener una espera que parecía inútil.
Todo apuntaba a una falsa utopía. Peor, cuando el empeño personal se toma por método y la terquedad pretende pasar por aprendizaje, la lección no la paga quien insiste, sino quienes lo rodean.
Al final, decidieron buscarlo. No para silenciarlo, sino para llevarlo al lugar donde se habla correctamente el idioma que lo obsesionaba. Allí, lejos del escenario y de las canciones, debía aprender sin público.
El relato no dice si aprendió. Solo deja constancia de que algunos errores se corrigen con paciencia y otros, cuando nadie escucha, con traslado. La historia queda abierta, incómoda y contable, escrita entre ironía, poder, dinero y silencio.

