El país sin nombre

Hay países que no se describen por sus límites geográficos, sino por el estado de su armazón interior. A simple vista parecen en pie: conservan fachadas, rituales institucionales y discursos oficiales. Pero quienes se acercan con atención perciben otra cosa. Como un madero antiguo, bien pulido por fuera, esos países han sido lentamente vaciados por dentro. No se quiebran de golpe; ceden poco a poco, hasta que cualquier presión los deforma.

En ese país sin nombre, la polilla tiene muchos nombres. Se instala en la educación cuando los recursos se extravían antes de llegar al aula; en la salud, cuando la enfermedad se vuelve rentable; en el transporte, cuando el desorden sustituye la planificación; en la banca y en otros sectores, cuando el interés particular debilita la estructura común. No siempre roe con estruendo. A menudo trabaja en silencio, amparada por la costumbre, complicidad e indiferencia.

Uno de los túneles más profundos que abre esta polilla es la degradación del servicio público. La política, pensada como columna de sostén, se convierte para algunos en escalera personal. El cargo ya no sostiene la casa común; sostiene trayectorias privadas. El poder deja de ser responsabilidad y pasa a ser botín. Incluso el honor —esa fibra invisible que da firmeza a la vida pública— se astilla y se vuelve prescindible.

El deterioro es estructural y también humano. Detrás de estas conductas suelen esconderse fracturas interiores: una ambición sin medida, una identidad insegura que necesita afirmarse acumulando, una incapacidad para reconocer límites. Cuando la interioridad está carcomida, el compromiso ciudadano se vuelve frágil, el compromiso social instrumental y el compromiso ético condicionado. Así, la política pierde densidad moral y se vacía de sentido.

Pero ningún madero se carcome solo desde un punto. La polilla avanza también gracias al entorno. El silencio resignado, la tolerancia cultural al abuso, la desconfianza que paraliza y el cansancio colectivo terminan creando un clima donde la corrosión se acelera. El daño ya no es solo económico. Se resiente la confianza, se debilita el tejido social y el desarrollo pierde su base.

Esta reparación exige más que un barniz nuevo. La Iglesia puede ayudar a fortalecer la conciencia moral que sostiene el armazón interior. Los grupos sociales están llamados a vigilar, acompañar y reforzar los puntos débiles. Los hombres y mujeres íntegros —presentes en la vida pública y privada— cumplen una función esencial: convertirse en vigas firmes en medio de la fragilidad. Y la educación debe volver a trabajar la madera desde dentro, formando criterio, responsabilidad y sentido del bien común.

El año 2026 puede ser el tiempo oportuno para esta tarea. No se trata de derribar la casa, sino de examinar su estructura, detectar la polilla y asumir el trabajo paciente de restauración. Este país sin nombre no necesita solo denuncias; necesita cuidado, decisión y corresponsabilidad. Quizás cada lector pueda reconocerlo, ponerle nombre con honestidad y preguntarse qué parte del madero le toca hoy fortalecer. Un país se sostiene cuando deja de barnizar sus grietas y se atreve a cuidar su estructura.

Tags relacionados