Desde mi pluma

A propósito de otro 25 de noviembre…

A veces siento que como sociedad nos hemos vuelto expertos en mirar sin ver. Escuchamos sin oír y leemos sin entender. Cada historia de violencia contra una mujer pasa frente a nosotros como si fuera una más, como si el dolor ya hubiera dejado de doler.

El machismo no aparece de repente con un golpe. Crece despacio, en la casa, en los chistes, en comentarios que parecen inofensivos y en consejos que enseñan a aguantar en lugar de enseñar a salir. Y mientras más lo normalizamos, más grande se vuelve.

Hemos hecho de la violencia un dato, una estadística, una noticia pasajera. Decimos “qué pena” y seguimos con el día (y a veces ni eso). Nos hemos acostumbrado a convivir con el horror, como si hablar de mujeres golpeadas o asesinadas fuera ya una historia repetida, que de hecho lo es.

Los medios, muchas veces, tampoco ayudan. A veces miramos más el cómo vestía que lo que sufrió. A veces buscamos morbo donde debería haber respeto. A veces escribimos sin pensar que detrás había una vida truncada.

Sin cometer el improperio de generalizar, se tiene que decir que en demasiados casos de violencia, la sociedad, e incluso las familias, callan, los vecinos sospechan pero no intervienen, los amigos justifican lo injustificable. Y las plataformas digitales permiten que el odio crezca sin control. Todo se sabe y al mismo tiempo nadie hace nada.

Considero firmemente que el silencio en estos casos nos vuelve cómplices, que ya es momento de ejercer nuestra humanidad. Que no podemos seguir dándole la espalda al dolor ajeno solo porque no nos toca directamente.

Sí, da miedo. Sí, nadie quiere problemas. Pero cuando está en juego la vida o la dignidad de alguien, no podemos seguir actuando como si no fuera asunto nuestro. Quizás no podamos cambiar el sistema de un día para otro, pero sí podemos dejar de normalizar la violencia. Y eso, créanme, ya es una forma de resistencia.

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