Morir para Ser: el Dios que habita el dolor, la vida y la eternidad
Donde duele, nace Dios. La pregunta por la existencia de Dios, el sentido del mal, la enfermedad, la muerte y el cuerpo toca el núcleo más profundo de la experiencia humana. No es una reflexión abstracta, sino una búsqueda encarnada donde se entrelazan fe, conciencia y misterio. Enrique Martínez Lozano, teólogo y psicólogo, ofrece una clave luminosa: Dios no existe, porque Él es. Quienes existimos somos nosotros. Dios no “está” como algo entre otras cosas, sino que es el lado infinito de todo lo que es. Todo participa de Él sin agotarlo. En cada fragmento de realidad —una hoja, una mirada, una célula enferma— brilla un destello de su inmensidad.
Nada está fuera de Dios. En su Ser infinito se sostiene todo, incluso lo que parece negativo o absurdo. El mal, desde esta mirada, no es una realidad sustantiva, sino ausencia de ser, como la oscuridad lo es de la luz. Pero esa ausencia se convierte en posibilidad de crecimiento. El mal —la enfermedad, el dolor, la muerte— se presenta como amenaza, pero también como umbral de transformación. La mirada mística no lo niega ni lo evade: lo atraviesa. En cada herida puede germinar una conciencia más profunda, una metamorfosis interior.
¿Dónde mora Dios en una enfermedad? No en el padecimiento mismo, sino en el proceso de conciencia del que sufre. Dios se manifiesta cuando la persona aprende a ver más allá del síntoma, cuando el dolor se convierte en cátedra de humildad, desapego y compasión. La enfermedad no es castigo, sino lenguaje: un llamado a integrar lo fragmentado y despertar la unidad interior.
El ego —ese falso yo que vive en defensa y ofensa— nos impide ver este misterio. Teme perder, se siente amenazado, vive en la posesión. Pero el alma vive en la ofrenda. El camino espiritual consiste en pasar del miedo al amor, de la identificación con el ego a la experiencia del Ser. Allí descubrimos que Dios no es un “otro” frente a nosotros, sino el fondo mismo de lo que somos.
La muerte, desde esta perspectiva, no es final, sino paso iniciático. Así como el nacimiento nos saca del seno materno a una nueva dimensión, la muerte nos conduce del tiempo a la eternidad. No es aniquilación, sino tránsito. Si no muriéramos, no podríamos trascender; todo sería repetición. Morir es soltar el vehículo —el cuerpo— para continuar el viaje del alma. Ese paso pide conciencia, serenidad y entrega.
La muerte no se opone a la vida: la revela en su plenitud. Es la culminación del proceso de despertar. Quien muere consciente se reencuentra con la Vida que nunca muere, con el Dios que es y en quien todo tiene sentido. En el fondo, la espiritualidad cristiana no busca otra cosa que vivir y morir en comunión con ese Amor que sostiene y transfigura todo. Porque, como diría Martínez Lozano, Dios no está en la vida: la Vida está en Dios.
P. José Pastor Ramírez

