Desde mi pluma

Sensibilidad

Cuando empecé a estudiar periodismo y luego a ejercerlo, fui tomando mayor conciencia de las amargas realidades de nuestro país en materia de seguridad. Pero también me ha tocado estar del otro lado y sé lo que significa recibir malas noticias, generan un impacto negativo que dispara la ansiedad social. Lo que poco se menciona, como consecuencia de convivir a diario con tantos horrores (homicidios, violaciones, sicariato, robos), es el progresivo adormecimiento de la sensibilidad.

La primera, segunda y tercera vez nos duele, nos indigna, nos golpea, pero, ¿qué sucede con las siguientes?, como todo, va perdiendo efecto. Con el paso del tiempo, casi sin darnos cuenta, nos acostumbramos a estas tragedias. Perdemos la capacidad de asombro, omitimos el hecho de que el valor de la vida se degrada todos los días, y esa normalización da miedo.

Ese es el riesgo de vivir en un país donde la justicia es lenta y muchas veces desigual, donde parece que las consecuencias no pesan lo suficiente, y donde pasamos la página con demasiada rapidez.

La gente ya no se sorprende de los horrores, sabe de antemano en qué terminarán. Y aun así duele, porque no deberíamos resignarnos a esa sensación. No es que debemos sumergirnos en cada acto violento, eso sería masoquista, pero lo cierto es que todos los días aparece algo peor que lo anterior.

La pregunta es inevitable: ¿en qué nos estamos convirtiendo y qué estamos haciendo para frenar tanta violencia? No puede ser que estemos tan rotos y permanezcamos así. Da miedo abrir las redes sociales y toparse con escenas traumáticas, es difícil no pensarlo.

Estoy segura de que no soy la única que lo siente, porque es tema de conversación constante. No queda más que abrazar el milagro de seguir aquí, aunque sea para quejarnos.