null, VIVENCIAS
Cuando la honestidad estorba
Este escrito podría aludir a alguien muy especial, quizá a un hermano no de sangre, pero sí de afecto y respeto profundo. A él habría que recordarle que un hombre honrado es un poderoso baluarte; que la honestidad, aunque muro firme contra golpes aviesos y freno de miradas desenvueltas, se ha convertido hoy, tristemente, en un obstáculo para acceder a un trabajo digno. No se trata de falta de preparación, ni de mala actitud, ni de ausencia de méritos. Hay personas que no consiguen empleo simplemente porque no saben mentir. Porque no adulan. Porque no están dispuestas a firmar lo que no entienden ni a mirar hacia otro lado. Porque todavía creen que la conciencia no se negocia. A ese tipo de personas se les hace cuesta arriba, hoy, el simple hecho de ser aceptadas. La honradez, que debería ser una virtud elemental, se vuelve sospechosa. Incomoda. Se prefiere al que se adapta, al que calla, al que no cuestiona. Y si puede torcer las reglas sin dejar huellas, mejor.
Ese hermano —callado, íntegro, preparado— lo ha vivido. Tiene experiencia y deseos de trabajar, pero algo lo bloquea. No encaja. No hace relaciones públicas con falsedad ni juega a intereses oscuros. No vende su conciencia. Hoy, el examen de la honradez es fácil de aprobar: basta con fingir. Pero quien la vive de verdad no toma atajos. Su vida es su palabra. Por eso, su honestidad, en vez de abrir puertas, las cierra.
¿Quién quiere a alguien que diga la verdad? Muy pocos. Porque un hombre honrado no solo trabaja: también incomoda. Y por eso, muchas veces, se queda afuera.

