Opinion

Creencias empresariales

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Gustavo volmar

La línea divisoria entre las creencias basadas en hechos reales y las que se fundamentan en suposiciones es frecuentemente tenue, igual que en algunas ocasiones sucede con la separación entre ciencia y superstición, sin que falten quienes indiquen que los avances científicos a veces validan puntos de vista considerados que en el pasado habían sido descritos como simples fantasías.

En el ámbito empresarial la racionalidad debe ser la regla. No hay espacio en él para actuaciones guiadas por percepciones subjetivas, resultantes de conceptos imaginarios, dadas las implicaciones que ello tendría sobre la rentabilidad y subsistencia del negocio. Eso es, al menos, lo que se supone.

El análisis de los procesos gerenciales llevados a cabo por analistas y consultores de numerosas empresas revela, sin embargo, múltiples casos de funcionarios ejecutivos cuyo comportamiento es influido por creencias poco convencionales. Tales comportamientos solían ser asociados y vinculados con estilos empresariales orientales, en los que jugaban un papel significativo el interés por mantener ambientes físicos auspiciosos, escoger días propicios, enviar señales favorables y, en general, poner cuidado en que el entorno y las relaciones personales facilitaran el triunfo en cualquier negociación.

Empresarios occidentales, no obstante, no están exentos de incurrir en comportamientos equivalentes, susceptibles de ser tildados de extraños. Ellos también pueden recurrir a esa clase de creencias, aunque sea de forma más limitada y menos visible, y a pesar de que normalmente no están tan dispuestos como sus colegas del Oriente a admitirlo. La ubicación en lugares propicios para concertar acuerdos, la distribución de puestos en la mesa de negociaciones, la selección de colores de ropa y otros factores, figuran entre los componentes que algunos piensan que pueden ayudar a que las transacciones sean exitosas.

Y es notable la influencia que dichas creencias pueden tener sobre las decisiones que se toman, existiendo a ese respecto un comprobado ingrediente sicológico, proveniente de la confianza que los involucrados derivan de tener esos factores a su favor. Después de todo, nunca luce ser perjudicial añadir otro elemento favorable, sobre todo si hacerlo no cuesta mucho y parece haber demostrado su eficacia en el pasado.

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