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Método D’Hondt

Preferido en Europa e instalado en nuestra realidad electoral, el método de D’Hondt es un sistema matemático de representación proporcional que asigna escaños en los parlamentos en base a los votos obtenidos por los partidos concurrentes.

Como todo en la vida, tiene apologistas y detractores que, dependiendo del enfoque, enumeran virtudes o desventajas. Pero en nuestro país, justo cuando se habla abstención electoral y se analizan las causas y razones de la apatía y el desencanto en los procesos, el método de D’Hondt entra en escena.

Esto porque la mecánica del sistema, donde los votos de cada partido se dividen sucesivamente hacia una tabla de cocientes priorizando a las organizaciones que tienen las fracciones más altas, permite que candidatos con mucha votación sean desplazados por otros de menos sufragios. Ejemplos tan dramáticos como el de aspirantes a diputados que sacan 10 o 14 mil votos y quedan fuera ante otros que solo obtienen tres o cuatro mil. Una metodología que aunque sus defensores aseguran que garantiza una mayor representación y estabilidad política, definitivamente es desproporcional e injusto y favorece a los partidos grandes. Zancajear votos no es fácil. Convertir simpatías en boletas marcadas es una tarea que conlleva tiempo, esfuerzo y recursos, por lo que no son pocos los candidatos que luego de meses de proselitismo e inversión económica reciben el veredicto desmoralizante de que ganaron en las urnas pero perdieron en el método.

Por tanto, la conveniencia de mantener el método de D’Hondt o de buscar otras alternativas más justas debe ser un tema obligado de discusión de cara a los próximos comicios congresuales.

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