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Nuestra diplomacia

Definitivamente, República Dominicana y el presidente Luis Abinader, quien en virtud al artículo 128 de nuestra Constitución la dirige, ha tenido una buena semana en materia de política exterior.

Primero, con la rápida subsanación del impasse con Canadá por su intención de instalar una oficina en el país para “ayudar a la policía haitiana” y que terminó con una declaración conjunta descartando la pretensión; admitiendo la necesidad de colaboración internacional a Haití y resaltando las sólidas relaciones bilaterales existentes.

Luego, con la elección unánime del canciller Roberto Álvarez Gil para presidir los trabajos de la edición 53 de la Asamblea de la Organización de los Estados Americanos (OEA) donde se aprobó una resolución -otra- para facilitar ayuda inmediata a la policía haitiana, resolver la crisis social de esa nación y para que se celebren elecciones libres lo antes posible.

Declaratoria que aunque para algunos entendidos, y visto los hechos, es más enunciativa que real, constituye, no obstante, una victoria para la diplomacia dominicana que ha mantenido una presión a la comunidad internacional y a sus organismos multilaterales y regionales para que se encaminen acciones puntuales (militares y económicas) ante la dramática situación imperante en Haití.

El haitiano es un tema complejo y que se complejiza más por la doble moral y la hipocresía con que actúan las potencias llamadas a resolver un problema que reconocen en el discurso y hasta en el compromiso, pero que ignoran en la práctica. No obstante, en materia diplomática nuestro país sigue haciendo lo que tiene que hacer.