¡Tarea de gigantes es defender la identidad!

Es insólito el tratamiento que algunas potencias o administraciones de poder extraterritorial pretenden darle al curso de la agudizada y deprimente situación haitiana. Rehuyendo responsabilidades asumidas en el contexto de la comunidad de naciones y principios normativos de la convivencia social y humana de los pueblos, proyectan una imagen denostativa de nuestro país, llegando a extremos ridículos de acusar a la República Dominicana de practicar racismo, modelos de contratación esclavista, ensañamientos discriminatorios y abusos tangibles violatorios de los derechos humanos.

Esta campaña puesta en vigor con evidente sentido malicioso, pretende exteriorizarnos como una comunidad prejuiciada cuyo comportamiento lesiona los sagrados derechos humanos. Ninguno de los alegatos trasegados, ni las iniciativas deformadas de la campaña burda en ese sentido, se corresponden con la verdad.

Es un aluvión de mentiras y desconocimientos de la propia historia de la isla y de los elementos que configuran la creación de dos naciones diferidas por la cultura y por la historia desde los albores del siglo 19, cuando se Haití se liberó de la potencia colonialista francesa de la época y más tarde, cuando la República Dominicana consagró su nacionalidad, culminación de comunidades diferenciadas por la lengua y la sangre del propio Haití que violentó su derecho a la diferenciación de costumbres y destinos.

Dos proyectos de naciones medularmente contrapuestos, en una sumatoria de modelos de dominación, en los cuales nuestro pueblo marcaba con aguda separación las coordenadas de su perfil nacional. No hay una sola muestra demostrable de actitudes inhumanas o de comportamiento abusivo violatorio de las leyes en perjuicio de haitianos en nuestro país, que vaya más allá del cumplimiento estricto de las leyes migratorias que deben regular, al amparo de su cumplimiento, como en todas las naciones la presencia de indocumentados.

La tragedia haitiana desde el punto de vista institucional, la imposibilidad de restablecer el ordenamiento de las funciones del Estado, la corrupción de su claque política y comercial, la desmovilización ética y la corrupción de sus instituciones, no pueden marcar como destino el territorio dominicano, sin que esto implique ninguna adopción de medidas arbitrarias o al margen de las leyes que puedan rallar en transgresión de derechos.

La política actual del Presidente Abinader ha sido clara y explícita, respetuosa del Derecho Internacional, colaboradora en grados apreciables con la convivencia, las ayudas, el intercambio comercial de la frontera, regulado por el ordenamiento jurídico. Lo que no se puede es echarle arriba a nuestro país, la crisis ni el destino haitiano.

La irresponsabilidad de las grandes potencias es proverbial en el tratamiento histórico de la geopolítica en los países dependientes. Hoy el mundo globalizado ha dado una vuelta de dimensiones politicas y territoriales, donde los conceptos primarios de la ideología levitan en dimensión desconocida al margen de los intereses nacionales, flagelando su gnosis historica pretendiendo fusionar el comercio más crudo con el arquetipo identitario de las naciones.

Ese tránsito que podemos visualizar en los conflictos internacionales, pretende borrar las nociones de identidad, disolver las diferenciaciones orgánicas en aras de una conciencia bipolar, dual, abierta y disoluta. Tarea de gigantes es diferenciar sin discriminar, respetar las fronteras, regular el comercio y los intercambios, honestar a nuestro país sin violentar ninguno de los derechos humanos, misión trascendente que dirige y proyecta el liderazgo del presidente Abinader. Volveremos sobre el tema.

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