Mi deuda pendiente con Julio Cortázar

Yo tengo una deuda pendiente con Julio Cortázar desde que conocí a la “Maga”, personaje insustituible del que todos nos enamoramos alguna vez, en la hélice creativa de “Rayuela”, o aquella otra novela donde copió todas las consignas que los jóvenes escribieron en las paredes de París, en aquel mayo florecido de utopías redivivas que proponía “la imaginación al Poder”. También en un concierto de Jazz, en la lectura de “Casa Tomada” o “La Autopista del Sur”, dos cuentos formidables al más alto nivel narrativo, densos, mágicos, misteriosos, inolvidables. Desde entonces sus “cronopios” y “famas” constituyen la alteridad del discurso imaginativo en su densidad textual. Gigante que no dejaba de crecer hacia el infinito dejando atrás huesos y piel, escritor formidable, fraterno por encima de las ideologías, como aquel día en las oficinas del Fondo Monetario Internacional, organismo económico y técnico donde laboraba en El Cairo en octubre de 1967, donde de súbito, se encerró a llorar como un niño en el baño durante una hora al enterarse de que el Che había muerto en Bolivia, y hubo casi que tumbarle la puerta, para que saliera. Cortázar se murió en su adultez un día, porque sufría de una enfermedad extraña, que entre otras cosas no permitía que su cuerpo dejara de crecer, sus largos brazos, sus articulaciones, dilatado, un gigantón…

Quien mejor lo hubo de definir fue Eduardo Galeano: “Julio es una larga cuerda con cara de luna. La luna tiene ojos de estupor y melancolía. Así lo voy viendo en la penumbra del entresueño, mientras desato las pestañas. Así lo voy viendo y lo voy escuchando, porque Julio está sentado junto a la cama donde despierto y suavemente me cuenta los sueños que yo acabo de soñar y que ya no recuerdo o creo que no recuerdo. Esto he sentido desde que leí sus cosas por primera vez, hace más de veinte años, y yo siempre con ganas de entregarle sueños a cambio de los que él me devolvía. Nunca pude. No valen la pena los pocos sueños míos que consigo recordar al fin de cada noche”.

“Ahora Helena me ha dado los suyos, para que yo se los dé a Julio. El sueño de la casa de las palabras, por ejemplo. Allí acudían los poetas a mezclar y probar palabras. En frascos de vidrio estaban guardadas las palabras, y cada una tenía un color, un olor y un sabor y cada una sonaba y quería ser tocada. Los poetas elegían y combinaban, buscando tonalidades y melodías, y se acercaban a la nariz las frases que iban formando, y las probaban con el dedo: «Esta precisa más aroma de lluvia», decía Juan, y Ernesto decía: «A ésta le sobra sal». O, pongamos por caso, el sueño de la mesa de los colores. Estábamos todos en ese sueño, todos los amigos sentados en torno de una mesa, y también la multitud de “extras” que trabajan en cualquier sueño que se respete. ¿Qué hago con tus sueños? —preguntaba Claribel en el sueño”. “—Dáselos a Julio —le sugerí yo, después, mientras el cafecito nos abría, de a poco, las puertas del día: y Helena estuvo de acuerdo”.

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