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Puntos de vista martes, 07 de abril de 2020

PEREGRINANDO A CAMPO TRAVIESA

Persona sociedad y sociabilidad

  • Persona sociedad y sociabilidad
Manuel Pablo Maza Miquel, S.J.

El segundo principio de la Doctrina Social Católica (DSI) se puede enunciar así: el ser humano es social por naturaleza. “Las relaciones entre la persona y la sociedad son mutuas y necesarias”. Donde quiera que existen las personas se da esta relación, ya que el ser humano es indigente desde que existe y posee en su ser la tendencia a comunicarse con las demás personas. Esta relación fundamental entre la persona y la sociedad es el fundamento de la vida en sociedad y de sus exigencias éticas.  

Así lo afirmaba en 1961 Juan XXIII: “el hombre es necesariamente fundamento, causa y fin de todas las instituciones sociales; el ser humano, repetimos, en cuanto es sociable por naturaleza y ha sido elevado a un orden sobrenatural” (Mater et Magistra, No. 219).

   Este Segundo principio posee una gran actualidad en nuestro país, pues mientras la estructura de nuestras ciudades va mejorando, no ha mejorado a la par la convivencia humana. Hay aspectos fundamentales de nuestra vida social que no mejorarán si no mejora nuestra convivencia. ¿Cómo mejorará nuestro tránsito y nuestro manejo de los centenares de toneladas diarias de basura, si no progresan en calidad nuestras relaciones personales?  Por eso la Iglesia se ha interesado en enseñar “una doctrina de la sociedad y de la convivencia humana” (Mater et Magistra 218).

   ¿Es sensato aspirar a ser personas felices, mientras vivimos en una sociedad caótica, ineficiente, irresponsable, violenta y dominada por intereses, personajes y fuerzas ajenas al control de la ley y las normas de convivencia?

    Nos reímos de esos niños criadores de peces que cuando encuentran peces muertos en su pecera, los recogen con un colador, los botan, compran nuevos peces y ¡los vuelven a tirar en la misma agua! ¿Llegaremos a ser felices como personas sin comprometernos a cambiar la sociedad en la que vivimos?

   Las soluciones individualistas a nuestros graves problemas son hijas de la desesperación de lo que juntos podemos lograr. Los pudientes pondrán un chofer a enfermarse del hígado en nuestras calles, pero seguirá vigente esta verdad: para conseguir los objetivos requeridos por la felicidad personal y el bienestar social hay que asociarse. Los simples individuos no alcanzarán dichos objetivos sociales. (ver Alfonso A. Cuadron, coordinador 1993, Manual de Doctrina Social de la Iglesia,108 - 111).