Un “carrito chocón”

En eso ha terminado Franklin Almeyda, chocando con todo el que se encuentra a su paso, sin importar si es guardia o civil, cura o policía, político o sacristánÖ Si para pelear se necesitan dos, de seguro que él es uno. El resto es discusión pública y vainas para el Gobierno y para el presidente Fernández. Me cuentan que de nada han valido los consejos de amigos y compañeros de partido; le importa un bledo lo que digan los demás, porque al final lo único que cuenta es su propia satisfacción personal, su ego, su historia de peledeísta inmaculado a imagen y semejanza de su líder y único guía, el profesor Juan Bosch. A él, al maestro, trata de imitar hasta con gestos, olvidando que Don Juan no sólo se distinguió por sus habilidades políticas para nadar en aguas tumultuosas, sino que sobresalió por su elegancia en el buen decir, por su trato sencillo y afable, por su caballerosidad, por su galanteo y respeto por las damas, por su virtuosidad en su expresión poética. En fin, por su rectitud y verticalidad sólo cuando las circunstancias lo exigían, pero al mismo tiempo por una humildad propia únicamente de los grandes. De Almeyda se dicen las mejores cosas en cuanto a su seriedad y honestidad como servidor público. Ya decía ayer en Hoy Mismo que fue un gran rector universitario, en tiempos difíciles, cuando la universidad tenía otras exigencias para sus rectores y líderes estudiantiles. Y también resaltaba sus condiciones académicas, cuando la academia también demandaba virtuosidad en las aulas. Aunque su temperamento siempre ha sido agrio, a Franklin Almeyda le sobraba siempre una sonrisa y el trato más amable para el estudiante necesitado. Y en lo personal jamás olvidaré aquella noche en que acompañé a Myrna para tocar su puerta en busca de una gratuita asesoría para su tesis de grado en Psicología. Ahí estaba él, presto a tal solicitud, como solía hacerlo con todos los estudiantes. Pero parece que los años han tocado no sólo su anatomía sino también su carácter. Franklin está “sangrú” como nunca antes, con el agravante de que ahora está en una función ministerial que le obliga a manejarse con delicadeza, porque hasta un gesto suyo pudiera comprometer una decisión de Estado. Más aún en una situación como la actual, donde lo que menos necesita Leonel es a un funcionario metiendo la pata hasta la tambora y peleándose con todo el que le pique un ojo y por cualquier “quítame esta paja”. Si no, que le pregunten a los obispos de Mao y La Vega. Hasta ellos llevaron...

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