Nostalgias de Montecristi
Atardece. El parque central del pueblo de Montecristi, grande y acogedor, luce casi desierto. Apenas cuatro jóvenes comparten un banco y conversan. Y bajo el emblemático reloj público, traído de París en 1895, juegan dos niñas. El silencio se alterna con la estridencia de los motores que se acercan, pasan y se van por las calles anchas y polvorientas. En la Duarte con San Fernando, cuatro semáforos cuelgan inútilmente una intersección donde nunca hay horas picos ni tapones. “Aquí no hay nada que buscar”, asegura Olga Lobetty. “Hubo una vez, ya no”. La educadora e historiadora montecristeña, autora de varios libros sobre su pueblo, admite que ella misma ha pensando en irse. Fundada entre 1506 y 1533 (las fechas varían según la fuente) por Juan de Bolaños y 60 familias canarias, San Fernando de Montecristi ha pasado, en sus 500 años, de ser villa, parroquia, común, comandancia en armas, distrito marítimo a, finalmente, provincia, y parece haber jugado ya su papel en la historia. Un papel protagonista desde la guerra de la Restauración hasta la lucha contra la tiranía trujillista y que llena de orgullo a sus lugareños, aun a aquellos que han partido para no volver. Para muchos, Montecristi no es hoy más que una palabra triste y con sabor a añejo en boca de los abuelos. Quizás la imagen brumosa de un lugar olvidado, desaparecido, casi inexistente. Pero el pueblo sigue allí, en la misma esquina noroeste de la República, a casi 300 kilómetros de Santo Domingo, entre Haití y el Atlántico, justo donde lo dejaron la prosperidad y la gente cuando se marcharon a tierras más fértiles y afortunadas. Calles amplias, tan poco comunes en los pueblos dominicanos; casas antiguas de madera con techos altos y galerías; así como una cierta nostalgia en el aire atestiguan que el lugar fue importante y glamoroso en tiempos pasados. Fue hacia finales del siglo XIX. Los barcos europeos llegaban en busca del campeche, esa planta abundante en las zonas secas como Montecristi y de la que se extraía colorante negro para los cueros y las ropas. Se llevaban además madera de mangles, caoba, cera, miel, y traían a su vez mercancía del viejo mundo. La producción de sal, favorecida por las condiciones naturales del suelo, abastecía a las islas de las Antillas. La Casa Jiménez, propiedad del ex presidente de la República Juan Isidro Jiménez, es uno de los símbolos de la Era del Campeche de Montecristi. Frente a su edificio, que se convirtió luego en la casa comercial dirigida por empresarios alemanes, empezaban los rieles del primer ferrocarril que tuvo el país, inaugurado en la década de 1870 y que llegaba hasta el antiguo muelle del pueblo. También el primer acueducto fue construido, en 1889, en Montecristi, así como el primer teléfono urbano en provincia, en 1908. “Montecristi de gloria se pasa”, afirma Mariana Aguilera, que tiene más de 80 años y vivió, por tanto, las últimas décadas de la bonanza. “Pero todo eso son glorias pasadas”, agrega. Minona, como le llaman, recuerda un coro parroquial “muy bonito” dirigido por la madame Guitó. “Ella era alemana y fue quien le enseñó a tocar piano a la mayoría de la hijas de la gente de familia”, dice y lista los apellidos reconocidos de ese entonces, cuando se iba todavía con guantes y sombrero a la misa dominical: los Ricardo, los Bicceti, los Socías, los Jiménez, los Rodríguez, los GrullónÖ De los rieles del antiguo ferrocarril de Montecristi no quedan más que imágenes, como las que adornan el hogar de Evelina Sánchez viuda Socías, cofundadora de la Escuela Normal del pueblo en 1939. Son tres cuadros pintados por el fallecido médico naturista Manolo Carrasco a partir de postales con escenas de la vida antigua. “Extraño muchas cosas que han desaparecido”. Sánchez habla suave y despacio, con la voz temblorosa de quien ha cumplido ochenta y tantos años. Busca sus recuerdos de medio siglo atrás y describe el baile blanco de San Andrés, primer aguinaldo del año que se celebraba el 30 de noviembre y al que todas las parejas asistían vestidas de ese color. Menciona la Fiesta del Gallo, en la que se representaba la escena del nacimiento de Cristo. “Todas nosotras de pequeñas fuimos pastoras”, dice. Habla de la fogata del día de San Juan Bautista, después de la cual la gente iba al mar a bañarse. Se decía que al que iba sin hablar se le concedía un deseo. También recuerda los paseos al mar en las noches de Luna llena y las romerías en el Pozo de Beber, el manantial donde se buscaba el agua potable y que puede verse todavía, fresco y puro, en uno de los cuadros de la sala de Sánchez. Ninguna de estas tradiciones existe ya. Desparecieron con la modernidad, con la decadencia económica, con la emigración de la genteÖ “Las causas de la decadencia siempre son muchas”, afirma sabiamente la historiadora Lobetty. La primera Guerra Mundial, que inició en 1939, afectó el comercio con Europa. Los alemanes descubrieron los colorantes químicos que sustituyeron al campeche. La madera se acabó. Se construyó el ferrocarril que iba de Santiago a Samaná y los pueblos del Cibao, que comerciaban con Montecristi, empezaron a hacer el comercio con Samaná. De todas formas, Montecristi está tan lejos de la Capital, tan alejado de la influencia gubernamental... dice Minona. El zarpazo final lo dio la dictadura de Rafael Trujillo, que mantuvo malas relaciones con el pueblo desde antes de tomar el poder, cuando fue rechazado por el Club del Comercio, centro de la vida social del Montecristi de entonces. El dictador monopolizó el negocio de la sal y llevó a la quiebra uno de los pocos pilares económicos que le quedaban a Montecristi. Un patrimonio que se pierdeMuchas de las casas construidas a finales del siglo XIX y principios del XX en el pueblo de Montecristi han desaparecido. Algunas fueron demolidas para hacer nuevas edifiicaciones. Otras fueron incendiadas. En el libro Ensayo histórico y arquitectónico de la ciudad de Montecristi, Elpidio José Ortega lista al menos 15 estilos arquitectónicos presentes en las casas que existían todavía a finales de la década de 1980, entre ellos, victoriano, bungalow, verná- Un patrimonio que se pierde culo y neoclásico. Quizás la más emblemática de todas las casas antiguas de Montecristi es la Villa Doña Emilia, construida por Emilia Jiménez viuda Rodríguez en 1895 con madera importada de París, Francia. Adquirida y remodelada por Petán Trujillo en la década de los 50, la casa fue más tarde sede del Palacio de Justicia. Hoy está abandonada, luego de un proyecto de rescate que quedó en el aire durante el pasado gobierno de Hipólito Mejía. La arquitecta Iris De Mondesert, que participó en el proyecto y que ha estudiado el patrimonio arquitectónico de Montecristi, afirma que casas como las de allá no se encuentran en todas partes. La arquitectura del pueblo, explica, deja ver que se trató de una ciudad sumamente importante, donde el dinero corrió. “Si se pierde el ambiente histórico, se pierde a su vez mucho del sentido de identidad del pueblo”, dice. 1) La estatua inaugurada en noviembre de 2007 inmortaliza al líder político y luchador antitrujillista Manolo Tavárez Justo. En frente, la casa que le vio nacer en 1931. 2) El Museo del Manifiesto, la casa en la que José Martí y Máximo Gómez firmaron su manifiesto por la libertad cubana, recibe frecuentes visitas de cubanos y latinoamericanos. 3) Algunas casas antiguas de Montecristi, como ésta, se conservan todavía en buen estado. 4) A pesar del abandono, el patrimonio arquitectónico del pueblo es impresionante. 5) Donde estuvo el antiguo muelle está hoy el Hotel Monte Chico, uno de los pocos del pueblo. 6) La principal queja de los habitantes es el mal estado de las calles. 7) La producción de sal es uno de las actividades que mantiene la economía de Montecristi. “Trujilo no quiso saber de este pueblo”, afirma Minona y en eso coinciden muchos. De Montecristi salieron el primer opositor al régimen, Desiderio Arias, y uno de de los últimos, Manolo Tavárez Justo. Minona, que fue profesora de Tavárez, recuerda cuando apresaron a la juventud del movimiento clandestino 14 de junio. Hubo más de 40 presos montecristeños, dice ella. Hoy, frente a la casa en la que nació el héroe antitrujillista y en el parque que lleva su nombre, hay una estatua en su honor inaugurada el pasado 24 de noviembre por la Fundación Testimonio. Contrastando con la tranquilidad del pueblo se escucha un bullicio lejano. Son jóvenes que juegan baloncesto en una cancha un tanto descuidada. “Nosotros quisiéramos vivir aquí, pero no hay fuentes de trabajo”, explica Carlos Joel Castro, de 23 años, cuando finaliza el juego. “La economía esta por el suelo, los que tienen dinero no invierten, no hacen ningún torneo de baloncesto”, dice. Tanto él como Miguel Ramón Rodríguez, de 17 años, piensan ir a estudiar a Santiago una vez terminen el bachillerato. Rodríguez tiene sus razones bien claras. “A mí me gusta mi pueblo, pero hay que buscar dinero, hay que hacerse de algo”, afirma. Según la historiadora Lobetty, en Montecristi hay una fuga de cerebros: “Los hijos siempre se van y hacen vida en otro sitio. Van quedando los viejos aquí”. No hay muchas opciones para los jóvenes en el pueblo, que se sostiene hoy de la pesca, la sal, la agricultura y un incipiente turismo. Tampoco se ha inculcado en ellos el conocimiento y la valoración de su historia, considera. “Son pocos los profesores que se dedican a incursionar en esas cosas”. La esperanza se aferra a la gente y no quiere evaporarse, y en Montecristi es una de las cosas que no se han ido. “La esperanza mantiene y Montecristi primero” es el lema de Minona. Total, ya en 1606, durante el gobierno de Osorio y con menos de un siglo de fundado, Montecristi fue devastado y despoblado, para ser reconstruido años después y entrar en sus mejores épocas. ¿Quién dice entonces que no volverá la bonanza a estas tierras? Lobetty, de hecho, ya habla de un posible repunte económico gracias al turismo, favorecido por la tranquilidad y la seguridad del pueblo, las condiciones climáticas y los atractivos culturales e históricos. “Aquí ha cambiado todo”, dice Esperanza Martínez o doña Pepé. Detrás de ella, profesora octagenaria, hay una foto enmarcada de una joven pareja bailando. Son ella y su esposo, fotografiados durante una fiesta de quince años en la época en que brillaban todavía las últimas luces del esplendor. Mientras tanto, las horas pasan en Montecristi sin que el reloj público del parque principal las marque. Sus agujas, estacionadas hacia las 9 y 15, observan el atardecer en un pueblo que una vez fue prospero e importante. Bastión histórico y cuna de héroesEl registro escrito más antiguo de Montecristi está anotado el 4 de enero de 1493 en el diario de Cristóbal Colón. “Navego así al Este, camino de un monte muy alto, que quiere parecer isla pero no lo es (...), al cual puse el nombre de Monte-Christy”. Se dice llamó así al lugar porque se le pareció al monte donde Cristo fue crucificado. Desde entonces, el pueblo de Montecristi ha dejado impresa su huella en la historia. Ha sido la cuna de líderes políticos dominicanos de distinas épocas, así como sede de importantes acontecimientos. Fue en el municipio de Guayubín, preteneciente a la provincia, donde se gestó una parte importante el movimiento restaurador que culminó con el grito de la Restauración, el 16 de agosto de 1863. Hoy, en el cementerio del pueblo de Montecristi, descansan los restos de cinco restauradores, entre ellos, Juan de la Cruz Álvarez, José Cabrera y Federico de Jesús García. El 25 de marzo de 1895 el libertador cubano José Martí y el dominicano Máximo Gómez firmaron el Manifiesto del Partido Cubano a Cuba que proclamó la independencia de esa vecina isla. La casa donde tuvo lugar el acontecimiento, ubicada en una de las calles principales de Montecristi es hoy un museo en cuyo jardín se erigen los bustos de Gómez y Martí. “Montecristi es un bastión histórico”, dice Amado Gutiérrez, director del museo. Durante el régimen de Rafael Trujillo, Montecristi fue un lugar de oposición. Dos de los líderes más destacados de entonces fueron Domingo Castillo y Manolo Tavárez, que dirigió el movimiento clandestino 14 de junio. En la expedición de 1959 que le dio el nombre al movimiento, vinieron también tres montecristeños: Rafael Perelló, Pedro y Fernando Fernández. “Por idiosincrasia, no admitimos el gobierno de Trujillo”, dice Guillermo Arturo Batista, que perteneció al movimiento social Legión Azul y fue más tarde miembro fundador del Partido Revolucionario Dominicano. Cita como antecedente a Desiderio Arias, uno de los primeros en combatir la dictadura y morir por ello. “El futuro es muy incierto, pero las bases para que resurja un liderazgo político de Montecristi puede que se den”, afirma Batista. En el parque Héroes de 14 de Junio ondea hoy la bandera verde y negra de este movimiento, junto a la bandera nacional y un monumento en honor a los caídos.

