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La República domingo, 02 de agosto de 2020

Los últimos testigos

Cuando los padres mueren se borra parte de nosotros; incluso momentos que tal vez desconocemos. Un padre, y sobre todo, una madre, poseen recuerdos que sólo ellos tienen, como un álbum de imágenes.

  • Los últimos testigos

    Preservar los recuerdos como parte de nuestra propia vida.

  • Los últimos testigos
ARTURO PÉREZ REVERTE
MADRID, ESPAÑA TOMADO DE XL SEMANAL

Me telefonea un amigo, conver­samos y dice que hace una semana mu­rió su madre. No era, me cuen­ta, ni muy mayor ni demasiado joven, en esa edad en la que la vida nos sitúa ya en la franja de lo posible y lo probable. Charla­mos un rato sobre eso, y al col­gar el teléfono me quedo pen­sando en que hace sólo unos días otro querido amigo, al que conozco desde que íbamos jun­tos al colegio, me habló de lo mismo: también la suya aca­baba de morir; en este caso, fe­lizmente centenaria. Recuerdo ahora las conversaciones y pien­so en la mía, que tiene 96 años y hace tiempo se apaga como un pajarito cansado, lenta y dulce­mente. Vive lejos de mí, en otra ciudad, muy bien atendida por mis hermanas.

Tuvo una infancia perturba­da por viajes turbulentos y por la guerra, pero después encon­tró el amor, la paz y la felicidad, y creo que ha tenido una vida afortunada, envidiable. Mori­rá pronto, supongo, de muerte natural: esa bella expresión que hemos desterrado del vocabula­rio, ‘muerte natural’, porque la estupidez creciente en que vivi­mos se empeña ahora en negar toda naturalidad a un hecho tan lógico, sencillo e inevitable co­mo es la muerte.

Fui a visitar hace poco a mi madre y comprobé que la vida es generosa con ella hasta el fi­nal. Se extingue despacio y sin dolor, y la memoria también se le adormece entre las brumas del último ensueño. No recono­ció al sexagenario de barba cana que sentado a su lado le apreta­ba una mano. Lo miraba con atención y sonreía dulcemente al escuchar sus palabras. A ve­ces, un nombre, un lugar, una referencia, la palabra ‘mamá’, le hacían abrir un poco más los

 ojos y asentir, como si un filo de mi pasado penetrase en los restos de su memoria. Es duro para un hijo que su madre no lo reconoz­ca, y de eso hablé con mi amigo de la infancia al telefonearnos el otro día. Cuando los padres olvi­dan o mueren, con ellos se borra parte de nosotros; incluso situa­ciones, escenas, momentos que tal vez desconocemos. Un padre, y sobre todo, una madre, poseen recuerdos que sólo ellos tienen, como un álbum de imágenes que guardan en el disco duro que les borrará la muerte: nosotros en la cuna, nuestras primeras pala­bras, pasos, miedos y pesadillas; nuestras primeras ilusiones o de­cepciones. Ellos fueron testigos únicos de aspectos de nuestra vi­da que tal vez nunca nos conta­ron. Los conservan en su recuer­do, el único lugar posible; y al morir se los llevan, perdiéndose en la nada. Con su muerte em­pezamos a morir nosotros; a des­aparecer lentamente del mundo por el que anduvimos, como una vieja foto que pierda los contor­nos. A ser más lo que somos y un día no seremos, y a ser menos lo que antaño fuimos.

No solemos darnos cuenta. Sin embargo, a cada momento, al­rededor, en nuestra propia fami­lia, desaparecen testigos de nues­tro mundo, el propio; y también de los mundos que no llegamos a conocer, pero de los que ellos fueron testigos. Medio siglo, un siglo de vida se esfuma llevándo­se con ellos el siglo anterior, el re­cuerdo de los padres y los abue­los que, a fin de cuentas, también es nuestro patrimonio y nuestra memoria. Dejarlos marchar sin extraerles la información es co­mo vaciar un desván sin estudiar los objetos, no siempre viejos e inútiles, que en él se amontonan. Y no se trata de un gesto senti­mental o romántico, sino de algo práctico; incluso necesario. Per­mitir que los últimos testigos se apaguen en silencio, dejarlos en­mudecer para siempre sin sacar­les antes todo el material posible para que sus recuerdos sobre el mundo en general, y sobre noso­tros mismos en particular, se sal­ven y permanezcan de algún mo­do es dejar morir también lo que nos explica, lo que nos narra. Lo que nos hizo y hasta aquí nos tra­jo. Y especialmente en tiempos confusos como éstos, resulta más peligroso que nunca resignarse a esa clase de orfandad. Permi­tir que un ser querido se vaya sin legarnos el tesoro de su memo­ria es ser doblemente huérfanos. Perderlo a él con una buena parte de nosotros mismos. Quedarnos más desorientados y más solos.

Inténtenlo, porque vale la pe­na. O eso creo. Ahora que aún es posible, siéntense junto a ellos y háganlos hablar, si pueden. Ten­gan la inteligencia, la astucia si es preciso, de que el nieto, el adoles­cente, la jovencita a quienes nada parece importar, se interesen por esa memoria familiar que pronto va a desvanecerse como humo en la brisa. Porque un día, tengo cer­teza de eso, ellos se alegrarán de haber escuchado. De conocer de dónde vienen y quiénes los hicie­ron posibles. De saber que los tes­tigos de su memoria no pasaron sin dejar huella por este lugar ex­traño, triste, bello, peligroso, fas­cinante, al que llamamos vida.