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La conquista global de Rosalía

El 7 de noviembre Rosalía lanzó su nuevo tema, “A palé”, donde con cejas a lo Frida Kahlo se queja de que le copien todo lo que inventa. En unas horas ya tenía más de un millón de reproducciones en YouTube. Cuatro días después, tuiteó “Fuck Vox”, tras el vergonzoso éxito del partido de extrema derecha en las elecciones españolas. Fue objeto de elogio y polémica hasta el jueves de esta semana, cuando ganó tres premios Latin Grammy. Y así, encadenando trending topics, va engordando su leyenda.

“Es flamenco y no es flamenco”, ha afirmado sobre Los ángeles, su primer disco. A los trece años descubrió a Camarón de la Isla y le centrifugó la cabeza. Si en 1979, La leyenda del tiempo , de Camarón, fue recibido con escándalo por los puristas y con entusiasmo por los vanguardistas, el año pasado

El mal querer, de Rosalía, fue saludado como una obra maestra por la mayor parte de la crítica, mientras que suscitaba un amargo debate sobre la supuesta apropiación cultural del imaginario gitano que llevaban a cabo algunas de sus canciones y de sus videoclips.

Aunque el debate sea necesario y verdadero, la polémica fue totalmente impostada e injusta. Es innegable la violencia secular contra el pueblo gitano, tanto en los cuerpos como en las representaciones; pero los elementos romaníes que aparecen en la obra de Rosalía forman parte de un conjunto sincrético en que dialogan artísticamente con otros de procedencias muy distintas.

Los objetos culturales no están aislados ni son puros, conforman constelaciones horizontales que a veces conversan, se abrazan, incluso pueden llegar a fundirse. Sin jerarquías y con amor, en lo que Agustín Fernández Mallo ha llamado en

Teoría general de la basura una “familia de auras”: “Algo se transmite cuerpo a cuerpo y algo radicalmente cambia”.

En El mal querer, disco descarado, académico e innovador, el flamenco no predomina sobre la literatura, la música clásica, los ritmos africanos y urbanos, la tecnología o el pop. Ha sido pensado, compuesto y ejecutado desde una posición contemporánea: la de asumir como propios los patrimonios inmateriales de la humanidad, como el flamenco, porque las fronteras geopolíticas no limitan la expresión artística y nada es más ajeno al arte que el copyright.

La mayoría de los artistas actuales son nómadas estéticos. Y encarnan —consciente o inconscientemente— la forma artística más elocuente de la globalización: el remix. No hay material, ritmo o discurso que pueda escapar de su lógica, porque no hay artesanía o imaginario que pertenezca exclusivamente a una comunidad y porque nada de lo humano le es ajeno.

El músico contemporáneo tiene algo de DJ que lleva al extremo moderno una realidad milenaria: la historia de la música es una sucesión de interpretaciones. Y de remezclas. Las de Rosalía son verdaderas recreaciones. A través de ellas no solo ha ampliado el alcance del flamenco y del trap, también ha subido el nivel de exigencia artística de la música mainstream.

Su proyecto se sitúa en la zona más comercial del mismo laboratorio iconoclasta y genial donde crean el Niño de Elche, cuyo álbum más reciente se titula Colombiana y explora los diálogos entre el flamenco y los géneros musicales de América Latina. O Israel Galván, quien ha generado una compleja conversación entre el baile flamenco e interlocutores tan distintos como Franz Kafka, el arte conceptual, la tauromaquia o la danza buto de Japón.

Es normal que sea así: ya hace un siglo que el flamenco forma parte de la vida cultural nipona. En las últimas décadas se han consolidado bailarines tan importantes como Shoji Kojima o Yoko Omor. Lo mismo se puede decir del tango: en 2009, Hiroshi Yamao y Kyoko Yamao se proclamaron campeones del mundo en Buenos Aires. O del manga: el dibujante español Enrique Fernández ganó unos años más tarde una medalla de plata del Premio Internacional de Manga de Japón por su libro La isla sin sonrisa. Hablamos de fenómenos porosos, promiscuos y de ida y vuelta.

En su nuevo proyecto en marcha, Rosalía está dando un salto físico y conceptual con un alto grado de autoconciencia. Tanto “Con altura”, con J. Balvin, como “Aute Cuture” remiten desde el título a la voluntad de trascendencia —“lo que yo hago dura”— y a la ruptura de la verticalidad entre la baja y la alta cultura —“sangría y Valentino, en El Palace y en el chino”—.

La reescritura es constante. “Aute Cuture” escribe mal haute couture; en “Milionària (Fucking Money Man)” aparece una palabra muy común en catalán, pero incorrecta: el barbarismo “cumpleanys”; el título de “Yo x Ti, Tú x Mí” y la letra de la canción —“se me para el cora’ solo con mirarte” — recurren a las abreviaturas tuiteras y guatsaperas. Porque el estilo propio no solo es musical y audiovisual, empieza por las palabras, por los textos. Lo nuevo es una desviación de la norma.

El reguetón, el pop latino, la música electrónica o el trap tampoco se resisten a la sofisticada máquina de apropiación de Rosalía, que está diseñada para elevar todo lo que estudia e integra. Y para personalizarlo. En “Milionària” ironiza con que sabe que ha nacido para tener muchísimo dinero y en “A palé”, con que hay “restos de caviar en la vajilla”.

Y esa es, finalmente, la apropiación maestra que ha llevado a cabo la artista de Sant Esteve Sesrovires. Ha conquistado una de las dimensiones del mundo, aquella donde coinciden el capitalismo con el estilo musical de la globalización. Ha hackeado el sistema y ha conseguido en un año lo que todas las demás estrellas de su calidad tardaron varios en lograr. Se ha introducido en el corazón del capital y del mainstream para subir el nivel. Ojalá sean muchos quienes la copien, la imiten: se la apropien. Malamente y con altura.