EDITORIAL

“Ciudadanos Molotov”

Son muchas las almas potencialmente incendiarias que circulan por nuestras calles.

Son ciudadanos en cuyas cabezas hierven infinidad de tormentos, frustraciones y desgracias incubadas por crisis materiales o existenciales.

Cuando los días se vuelven una cadena interminable de dificultades, esa munición silenciosa se transforma en una bomba de ira, violencia o ferocidad lista para estallar.

Bien podríamos llamarlos “Ciudadanos Molotov”, como aquellas bombas incendiarias que se popularizaron en las protestas callejeras.

Pero hoy no son armas contra el poder: son personas comunes que explotan contra otros ciudadanos igual de agobiados.

El cúmulo de malas experiencias —el servicio eléctrico que se va y viene, el precio de los alimentos que no deja de subir, el caos perpetuo del tránsito, la sensación de que los derechos nunca se respetan— basta para que muchos sean proclives al exabrupto.

Salir de casa es ya una prueba de resistencia: los policías de tránsito que no saben ordenar la circulación en las vías, los motoristas que se mueven como si las leyes no existieran, los semáforos que se descontrolan con los apagones.

Y si a eso se suma haber pasado la noche sin luz, sin agua, sin aire, devorado por los mosquitos y con un calorazo, ese ciudadano amanece convertido en material inflamable.

Y agréguenle a esto los programas de radio que, en lugar de calmar, exaltan. Y tendrá la fórmula exacta de una bomba Molotov andante.

Diariamente vemos las escenas: rebatiñas, golpizas brutales, insultos y hasta muertes por una colisión leve, un desacuerdo entre vecinos o una nimiedad que no la pudo preceder diez segundos de cordura.

Con tantos ciudadanos cargando pesadas amarguras, la ciudad se puebla de esas bombas en movimiento.

Aún no ha explotado todo, pero el termómetro luce ya muy sobrecalentado.

Algo tenemos que hacer como sociedad para desactivarlas antes de que sus llamas, al estallar, terminen de devastar cualquier atisbo de convivencia civilizada.

Porque hoy, en este país, poner un pie fuera de casa es ya un peligro para la vida.

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