EDITORIAL
El plan es el gran ausente
Hace un mes, el presidente Luis Abinader habló al país para informar acerca de la gravedad del impacto de la guerra en Irán en la vida económica y social de los dominicanos.
En su discurso, el gobernante dijo que sus líneas de acción son “preservar la estabilidad macroeconómica, contener el aumento de los precios de los alimentos y sostener la inversión pública”.
Desde entonces, comisiones del gobierno han estado reuniéndose con dirigentes políticos y empresariales, exgobernantes y anteayer con la cúpula de la Iglesia católica.
En todas esas reuniones ha habido una carencia básica, admitida por los consultados, y es la de que el gobierno no ha expuesto un plan o una hoja de ruta para enfrentar una crisis que lleva ya siete semanas.
Nadie que conozca el arte de gobernar podría afirmar que “preservar la estabilidad macroeconómica, contener el aumento de precios de los alimentos y sostener la inversión pública”, es un plan.
Esos son tres deseos, tres objetivos generales, pero si carecen de metas y de un curso de acción definido y de ejecutores claramente identificados, difícilmente pueden aterrizar.
Tampoco puede considerarse un plan cualquier medida que tienda a subir o mantener el precio de los combustibles
Mucho menos aumentar los montos para los programas sociales que todo el país percibe que carecen de una deseada transparencia y efectiva selección.
¿Se puede considerar un plan entregar mil millones para subsidiar los fertilizantes cuando beneficia por igual a quien abona una siembra de plátanos y a quien fomenta una floristería de bromelias, tulipanes y hortensias?
¿Qué sentido tiene que el gobierno aumente el gasto social si los beneficiarios van a comprar alimentos importados, a fomentar el empleo en el exterior y no podrán controlar la inflación?
Otro gallo cantaría si el gobierno dispusiese un plan masivo de siembras de viandas, granos y cría de aves y todo tipo de ganado para consumir proteínas nacionales.
¿Es tan difícil emitir un decreto que prohíba el uso de vehículos oficiales los fines de semanas (salvo los que prestan servicios 24 horas) para que las jeepetas de alto consumo del Estado también queden en modo ahorro?
¿Se opone alguien a que el Presidente ordene apagar las luces de todas las oficinas públicas cuando ningún personal está laborando?
Sin un plan coherente y conocido por la población, y si el gobierno no da el buen ejemplo, ningún líder político ni religioso podrá contener la insatisfacción popular si trasciende a las calles para protestar por la carestía y la falta de acción.
Si llegamos a ese punto, perdemos todos.

