EDITORIAL
El veneno cultural que nos amenaza
El Panel de Expertos que organizó ayer este diario para analizar el fenómeno de los menores en delincuencia, ofreció un inquietante diagnóstico de una enfermedad grave que carcome el futuro de la nación.
La combinación letal de una “contracultura” que normaliza los antivalores y una “indecencia monetizada” que premia el escándalo y la transgresión, ha creado un espejismo peligroso.
Ante los ojos vulnerables de niños y adolescentes, la figura del delincuente exitoso y el influencer de conductas reprochables opacan el mérito del esfuerzo honesto.
Este fenómeno mediático y social no opera en el vacío.
Florece precisamente donde el Estado ha mirado con desatención, permitiendo que estos modelos distorsionados se conviertan en la brújula moral de una generación en formación.
Este veneno cultural, amplificado por ciertos medios, intoxica especialmente a niños y adolescentes.
El problema, sin embargo, tiene raíces más profundas y dolorosas que la mera influencia cultural.
Como señaló el experto conductual Luis Bergés, la llamada “ruta del delito” comienza en el hogar, marcada por la tragedia de la negligencia, el maltrato y la ausencia de vínculos afectivos seguros.
La pobreza y una estructura social discriminatoria fuerzan a padres a luchar por la mera supervivencia, dejando a sus hijos en un abandono emocional y material que los hace presa fácil de cualquier promesa de pertenencia o poder.
La ruta hacia la delincuencia se nutre de traumas infantiles, negligencia y hogares fracturados por la pobreza y la violencia generacional.
Estos niños, maltratados y en abandono, son neurológicamente más vulnerables.
El sistema, en vez de protegerlos, los enfrenta con un lenguaje de eufemismos que oculta su propia deuda social.
La respuesta estatal ha sido ineficiente, con una inversión pública de baja calidad, políticas discontinuas y un sistema de justicia que no previene ni repara.
Es una irresponsabilidad histórica. La solución exige una movilización urgente y conjunta de políticos, medios, líderes religiosos y la sociedad civil para rescatar los pilares de la nación: la familia y la escuela.
No es un gasto, es la inversión vital para no perder una generación entera ante el espejismo destructivo.
La hora de actuar es ya.

