EDITORIAL
La luz que no debe apagarse
En un continente donde las sombras del autoritarismo y la presión estatal se ciernen sobre el periodismo, nuestro país se erige, por contraste, como un faro de relevancia.
Este no es un mérito autoproclamado, sino un reconocimiento que instituciones veedoras internacionales plasman en los cada vez más escasos rankings donde la libertad de prensa se respeta.
Sin embargo, en tiempos de creciente asedio, ser un faro conlleva una responsabilidad histórica que va más allá del reconocimiento.
El informe presentado ayer por Martha Ramos, presidenta de la Comisión de Libertad de Prensa de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) durante su 81ª Asamblea General, no hace sino subrayar la urgencia del momento.
Su discurso desnuda una peligrosidad sistémica y multifacética.
El acoso judicial se ha convertido en arma de censura, igual que la presión económica, y la especialmente tóxica perversión de la esfera digital, donde operadores pagados amplifican la propaganda oficial y atacan a las voces críticas.
Frente a este panorama regional de hostigamiento, desplazamiento forzado de periodistas y un "efecto cascada" de descalificaciones desde el poder, las palabras del presidente Luis Abinader en la misma asamblea adquieren un valor programático fundamental.
Su afirmación de que "un gobierno que teme a la prensa teme a la verdad" sintetiza el núcleo del problema democrático.
Al comprometer su palabra a proteger el derecho a informar, Abinader no solo alinea a nuestro país con los principios más sanos de la convivencia republicana, sino que establece una lógica de causalidad cívica irrefutable.
“Sin prensa libre, no hay transparencia; sin transparencia, no hay confianza; y sin confianza, la democracia se desvanece".
Este encadenamiento de conceptos es crucial. La libertad de prensa deja de ser así un privilegio gremial para convertirse en el sistema nervioso de la democracia misma.
Defender la verdad a través de un periodismo riguroso no es solo una tarea profesional. Es , como el Presidente lo definió, un "patriotismo cívico", una defensa de la razón frente al ruido y de las instituciones frente al fanatismo.
El que hoy seamos una excepción en la región no es un estado permanente, sino un logro que debe defenderse "día a día”.
Mientras en este país se escuche una voz libre, se publique una verdad valiente y se respete una opinión distinta, podremos decir con orgullo que la libertad vive entre nosotros.

