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Ventana domingo, 20 de septiembre de 2020

PRIMICIA:

Susan Sontag, al desnudo

  • Susan Sontag, al desnudo

    Una de las escritoras norteamericas más lúcidas del pasado siglo XX.

  • Susan Sontag, al desnudo
  • Susan Sontag, al desnudo
Inés Martín Rodrigo
Tomado de ABC
Madrid, España

Un lector me preguntó qué cuestión le trasladaría a Susan Sontag (1933-2004) si la pudiera entrevistar. Dudé unos segundos antes de responder, aunque lo tenía claro: ¿por qué mantuvo una relación tan difícil con su identidad sexual? Ni rastro de reproche en mi pregunta, surgida de la curiosidad tras la lectura de Sontag. Vida y obra, la monumental biografía que Benjamin Moser (Houston, 1976) ha escrito para deleite de admiradores y críticos de la intelectual estadounidense. Sí, la identidad sexual de Sontag -Moser, que accedió a los archivos privados de la autora, deja claro desde las primeras páginas que era lesbiana- es uno de los ejes vertebradores de este retrato que desnuda a una de las protagonistas más fascinantes de la cultura del siglo XX.

Pero también lo son sus relaciones, tanto en el ámbito privado como en el público. Con su madre, Mildred, a la que adoraba y odiaba quizás a partes iguales y que marcó su vida sentimental. Su simbiosis con su hijo, David, fruto de su matrimonio, a los 19 años, con Philip Rieff, profesor de la Universidad de Chicago en la que Sontag se desfloró intelectualmente -Moser desliza, hasta dejarlo bastante claro, que fue Sontag, y no Rieff, la autora del libro de referencia Freud: La mente del moralista, pese a que él nunca le reconoció su firma-. Sus aventuras con sus muy diversos amantes, hombres -Robert Kennedy o Warren Beatty- y mujeres -de su primer amor, Harriet Sohmers, a la que conoció en Berkeley, escenario de su primer contacto con el mundo gay, a la dramaturga María Irene Fornés, la duquesa italiana Anna Carlota del Pezzo o la fotógrafa Annie Leibovitz, su última y más duradera pareja, aunque nunca reconocida.

Testimonios
Sus amistades son clave, también, en la génesis del libro y de la propia Sontag, como intelectual y como persona. Moser construye el relato con innumerables testimonios de todo aquel que la conoció y, tras sobrevivirla, quiso hablar. Ellos fueron conformando la muy personal manera que Sontag tuvo de enfrentarse a la fama, a la política -nunca se arredró, ni con la Guerra de Vietnam ni, muchos años después, con el 11-S- y a la autodenominada alta cultura, de la que formó parte -su nombre se forjó al abrigo de la Partisan Review y la New York Review of Books- y a la que revolucionó con obras como Notas sobre lo camp (1964) o Contra la interpretación (1969). La pareja formada por Jacob y Susan Taubes le enseñó que el amor tiene muchas formas y matices.

Roger Straus, fundador de la editorial Farrar, Straus and Giroux, la descubrió como gran autora con El benefactor (1963), su primera y aclamada novela. Andy Warhol le dio las claves para desmitificar la imagen que todos -también ella- tratamos de proyectar ante la cámara. W. H. Auden fue su camello de anfetaminas para esas jornadas de 24 horas de escritura y lectura a mediados de los años 60: «Ella se presentaba en su casa de St. Marks Place y no podía apartar los ojos de sus pies deformes», escribe Moser. Con Joseph Brodsky disfrutaba «tanto comiendo patas de pollo que si la camarera del restaurante chino no se ofrecía para volver a llenarles el plato, la perseguían por el local», y en Marrakech «escandalizó a su elegante novia francesa comiendo caracoles cubiertos de moscas».

Todos ellos detalles aparentemente banales, pero con los que Moser, cuya escritura es soberbia, logra humanizar a Sontag hasta desmitificarla. Tan de carne y hueso era que el cáncer que, por primera vez, le diagnosticaron con sólo 42 años terminó con su vida en 2004.