LITERATURA

León Félix Batista: otro modo del decir poético

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Eugenio García CuevasSan Juan, Puerto Rico

Traída la vista desde allá hasta acá lo primero es el Mar Caribe, luego está el Malecón con su obelisco a las hermanas Mirabal mandadas a asesinar por el dictador Trujillo en 1960; le sigue la sede del Ministerio de Cultura de la República Dominicana y en su segundo piso se ubica La Editora Nacional, lugar de trabajo del poeta y editor dominicano León Félix Batista. Ahí entre la Avenida George Washington y la calle Vicini Burgos conversamos con el poeta. Son las 10 de la mañana y sólo una llamada telefónica interfiere, pero ya antes Batista ha dicho que se autodescubre poeta antes de terminar su grado de Bachillerato. “Mira, mirando hacia atrás, cuando me doy cuenta de mi habilidad con la palabra y el deseo de escribir poesía fue en pleno bachillerato, pero esa reflexión se dio junto con otra y fue el reconocimiento de que toda mi vida de persona educada tuve habilidad permanente con la palabra y siempre estuve jugando con ella, pero no se me había ocurrido hasta ese momento escribir poesía oficialmente, pero resulta que con mucha frecuencia yo escribía cartas muy líricas dirigidas a mi madre en NY que se había ido de aquí cuando yo tenía cuatro años y yo le escribía cartas que eran muy admiradas y elogiadas por ella”. Expuesto a una fisonomía y praxis poética muy apegada a las inquietudes sociales como es la dominicana, León indica que cuando empezó a escribir estaban en su apogeo Alexis Gómez Rosa, Mateo Morrison, Soledad Álvarez y Enrique Eusebio y que en el “ambiente latinoamericano y la lengua española estaba muy de moda todavía lo que había hecho Neruda, pero también Mario Benedetti y los premios Casa Las Américas, que nosotros leíamos con fervor. Ese el ambiente que teníamos y luego que yo salgo de bachillerato y entro a la universidad paso a formar parte del Taller Literario César Vallejo donde había unos remanentes de ese tipo de poesía”. Se trata, sin duda alguna de un taller por donde han pasado la mayor parte de las voces poéticas más sobresalientes de la llamada Generación del 80. Aunque con señas que se acentúan en la poesía neobarroca y del deslenguaje, el rizoma, el desarraigo de una tradición no es una marca categórica en Batista. Por eso establece su propio mapa de continuidades a nivel local: “Yo podría trazar una línea de preferencia en la poesía dominicana, partiendo del Vedrinismo, que fue prácticamente la primera vanguardia dominicana. Lo que hizo Sacarías Espinal fue fabuloso para mí, y bueno siguiendo con el Postumismo, lo que hizo Moreno Jimenes también me entusiasmó mucho; lo que hicieron los sorprendidos (se refiere a La Poesía Sorprendida) prácticamente fue algo que me marcó mucho”. A lo dicho también añade algunos poetas del 48: “Los poetas del 48 me gustaban mientras menos cuarentaochistas fueran, como lo que hizo Lupo Hernández Rueda, con Círculo, que es un poema muy octaviopaziano y algunas cosas que hacía Víctor Villegas que se salían, también, de los patrones del 48”. Pero esbozado ese primer trazo, Batista recupera lo más cercano a él: los poetas del 60 y los 70. Dice que le deslumbró lo que hizo “Enrique Eusebio con el formalismo ruso; igualmente Alexis Gómez Rosa, que siempre fue una especie de hombre de protesta, dentro de esa poesía de protesta, pero en otro sentido de la palabra, un poeta del lenguaje. Luego cuando aparecieron los poetas del 70, que es ahí donde más o menos cae José Enrique García, con El Fabulador (1978) y Cayo Claudio Espinal con Banquete de aflicción, que se publicó en 1979, justo cuando yo tenía 15 años. Ese fue un libro muy importante para mí y todavía Cayo Claudio sigue siendo un poeta muy importante para lo que yo hago. Banquete de aflicción fue mi real entrada a la poesía moderna. Hasta ese momento yo estaba muy cercano a lo clásico”. Una alusión directa y concreta a la seguridad y riqueza lingüística que entreteje sus libros más recientes: Prosa del que está en la esfera (2006), Seudolibro (2008) y Delirium Semen (2010) obliga al entrevistador a inquirir de dónde le viene ese gusto y deleite por la palabra precisa y cómo nacen ellas en el poema. “Esa magia de recibir la luz de la inteligencia y del conocimiento de la realidad a través de la palabra fue siempre para mi impactante y muy rico. Hay una especie de regodeo, eso tiene una gran implicación de tu pregunta porque también estamos marcando una incidencia mayor en la forma que en el fondo. De hecho yo entro al debate de qué importa más, que tiene más primacía: si la forma o el fondo, que es un debate interminable, dicho sea de paso, que el fondo define la forma, una diatriba que viene a lo largo de toda la historia estética y eso es una historia de nunca acabar. Entonces si yo entiendo que el fenómeno poético es un hecho del lenguaje, entonces mi intención tentativa literaria ha sido siempre procurar que cualquier cosa que yo quiera escribir, cualquier tema que yo elija siempre tenga un lenguaje de altura”. De ahí entonces, añade el poeta --haciendo alusión directa a lo que fue una porción de la poesía dominicana de Postguerra--, “que tengo libros que se basan en temas banales, como el bolero, por ejemplo, que si no lo elevamos de ese modo termina siendo otra cosa. Puede ser poesía de trinchera, poesía de pancarta, que fue la gran confusión que se generó en la poesía de Postguerra que quiso hacer la poesía dominicana. El asunto para mí no estaba ahí, sino en cómo hacer subir esa realidad echarle elevadura a través del lenguaje y esa es la razón por la cual yo tengo ese trabajo profundo con la lengua, siempre atraído por la maravilla del lenguaje, de ver cómo ese instrumento que utilizamos para la vida diaria desde que despertamos hasta que nos dormimos también es el mismo material con el que se puede hacer arte”. Con 18 años vividos en New York (1981-1999), lo que implicó una inmersión en la lengua inglesa que lo llevó a la traducción; más en contacto directo con lo más granado de las pléyades de poetas hispanos que viven en la urbe neoyorquina en esos años son confluencias que llevan a Batista a incursionar de manera natural en una poesía de matices híbridos más universales y unitarios donde a veces la frontera tradicional entre verso y prosa desaparece, pero jamás lo poético. Lo dicho queda ilustrado en las propias palabras del poeta: “Lo que sucede con Prosa del que está en la espera es que se trata de una trilogía: “Vicios”, “Negro eterno” y “Torsos”. La referencia que tú haces en la mezcla con la prosa e incluso a veces con el ensayo es parte justamente del hibridismo que yo quiero aplicar y en ese libro, en específico, digamos que con más fuerza se puede notar eso”, elementos -a juicios del entrevistador- que también son evidentes en Pseudolibro (2006) aunque más musical y rítmico este último que los reunidos en Prosa del que está en la espera.

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