SIN PAÑOS TIBIOS

San Juan: una decisión tomada

Convencer a alguien sobre las bondades de la minería de Tierras Raras podría resultar difícil. Habría que explicarle la importancia del recurso para las nuevas tecnologías y las proyecciones de necesidades futuras, algo quizás distante y ajeno a él. Con la bauxita pasaría algo parecido (o con el níquel), pues habría que explicarle cómo se fabrica el aluminio (o aleaciones de materiales), y luego, el sujeto podría –quizás– vislumbrar el impacto de eso en su vida cotidiana.

Adicionalmente, habría que explicarle qué ganaría él si la explotación minera se realizase; qué ganaría la provincia donde vive; la cadena de valor involucrada; su efecto derrame; cómo mejoraría su calidad de vida en términos relativos y absolutos; y qué ganaría el país en general.

Asimismo, habría que justificar los beneficios de la intervención minera en términos locales y nacionales, y demostrarle cómo puede beneficiarle, no sin antes establecer con estadísticas y casuística, la relación costo/beneficio total de la operación, en función de su escala temporal. Finalmente, habría que explicarle los desafíos ambientales, su sostenibilidad, garantizar la implementación de mecanismos de mitigación de los impactos, la supervisión efectiva y la fiscalización permanente de las operaciones, así como demostrar la mejora de la calidad de vida que la operación tendría a nivel individuo/Estado, tanto en las personas directamente vinculadas, como en las que no.

Explicar una minería especializada es difícil. Justificarla o legitimarla, mucho más todavía. En el caso de la minería de oro, en teoría sería lo contrario. Desde hace miles de años –en casi todos los lugares, culturas y épocas–, los humanos han reconocido y asumido el oro como máximo referente de riqueza.

Es importante reconocer eso, para entender la profundidad que existe en la afirmación “Agua sí, oro no”, bajo la cual se aglutinan las protestas que se vienen realizando en la provincia San Juan, en ocasión de la posible explotación minera de El Romero, por parte de la empresa canadiense Goldquest. Consignas que fueron coreadas por los cientos (¿o miles?) de personas que pacíficamente protestaron el pasado domingo, mientras marchaban contra la operación minera.

El slogan en cuestión funciona como un mantra, es decir, como palabras de poder. Su estructura es maniquea y reduccionista, pero a la vez, simple y hermosa, pues opera en términos binarios (agua vs. oro), no dejando lugar a la interpretación o el acomode, y obligando a tomar posiciones frente a ella.

Más allá de los criterios ambientales y técnicos; las argumentaciones financieras o económicas; los intereses políticos, empresariales o gremiales; las preocupaciones agrícolas; las manipulaciones de criterios científicos y figuras jurídicas; y todos los pros y contras que confluyen en torno a la viabilidad o no de la explotación minera proyectada, la pregunta sería: ¿con cuáles argumentos se puede convencer a un individuo que, de entrada, indica simple y llanamente que renuncia al oro y que prefiere el agua?, ¿cómo se puede convencer a quien ya tomó una decisión así?