SIN PAÑOS TIBIOS

El tiempo y sus formas

 El tiempo transcurre entre un segundo y otro a su ritmo. Definido primeramente por los sumerios como sexagesimal, en función de la rotación de la tierra, luego recurrimos a la “pulsación” del Cesio-133 en nuestros relojes atómicos. Más modernos, absolutamente precisos, absolutamente atómicos.

Llevar la cuenta del tiempo era cuestión de vida o muerte. Definir los momentos de la cosecha o la siembra –de todo el ciclo agrícola–, era básico para una sociedad que daba sus primeros pasos en la revolución neolítica que recién acababa de iniciar.

Ya luego, controlar esos periodos ente un hito y otro, requería conocimientos y herramientas que sólo la élite sacerdotal se podía permitir, de ahí que nuestra sexagesimal concepción del tiempo y sus formas comenzó en algún lugar entre el Tigris y el Éufrates, en el mismo lugar donde también empezaron muchas de las cosas que aún asumimos como dadas desde siempre.

La percepción que podemos tener del transcurrir del tiempo varía de una persona a otra en función de su edad, nivel de ocupación, atención, o concentración. Así, aunque una hora es una hora para todas las personas, en algunas transcurre más rápido que en otras; de la misma forma que la percepción subjetiva se correlaciona al tiempo vivido por el espectador que lleva la cuenta. Para un niño de 10 años, seis meses es una eternidad, pues constituye la vigésima parte de toda su vida. Para un adulto de 50 años, es prácticamente nada, en función de que ha vivido esa cantidad de tiempo 100 veces.

Quizás por eso no debemos sorprendernos de que estamos a 1 de mayo y que el año que empezó el otro día ya agotó su primer cuatrimestre, y que dentro de poco estaremos “a mitad de año”. Visto de esa forma, la idea de dejar el arbolito navideño puesto en la sala todo el año no suena tan descabellada, por no hablar de lo válida que resultan nuestras preocupaciones cuando vemos que la vida corre demasiado rápido hacia su inevitable final, justo cuando apenas sentimos que estamos empezando a vivirla.

Una de las claves de nuestro éxito evolutivo ha sido precisamente poder subvertir esa limitación dada por la naturaleza individual de la existencia, y establecer mecanismos de transmisión de conocimientos y experiencias a las siguientes generaciones, conocimientos a los cuales no hubieran accedido sino al final de sus vidas, –donde ya les servirían de poco–, a no ser porque pudieron alcanzarlos gracias a haber sido vividos (y transmitidos) por otros.

Algo que no ocurre con el pulpo, –por ejemplo–, de quienes los científicos dicen que son extremadamente inteligentes, pero con una vida muy corta que les impide transmitir sus aprendizajes a sus descendientes, los cuales tienen que empezar desde cero en cada generación, sobre todo cuando terminan a “la gallega”… Como el de ayer al mediodía, que me hizo pensar en todo esto.

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