religión
Homilía para el Jubileo de Oro de la Diócesis de Barahona (1976-2026)
- Introducción: Una barca que se hace a la mar
- Querido Mons. Andrés Napoleón,
- Queridos hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,
- Autoridades civiles y militares,
- Y todos ustedes, Pueblo santo de Dios, que celebran con su propia vida la alegría de la Resurrección en Barahona, Bahoruco, Independencia y Pedernales.
Hoy no celebramos solo una fecha en el calendario. Celebramos cincuenta años de una historia de amor escrita por el Espíritu Santo a orillas de nuestro mar y entre los pliegues de nuestras montañas. El 24 de abril de 1976, con la Constitución Apostólica “Ad animarum”, el Papa San Pablo VI no estaba simplemente firmando un decreto administrativo; estaba, por mandato divino, desprendiendo un trozo de madera de la cruz de Cristo para convertirlo en barca: la Diócesis de Barahona.
Las palabras de aquel documento resuenan hoy con una frescura profética: “Mirando a la suprema utilidad y a la salvación de las almas... no escatimamos celo ni esfuerzo alguno para que la Palabra de Dios corra y sea glorificada (2 Tes. 1,12)”. Esta es nuestra raíz. Esta es nuestra misión.
1. La barca de Simón y la barca de Barahona
El Evangelio de Lucas que acabamos de proclamar nos lleva a las orillas del lago de Genesaret. Vemos a Jesús que, apretujado por la multitud, busca un lugar desde donde hablar y elige la barca de Simón.
Hay un paralelismo profundo entre aquel gesto de Jesús y la erección de nuestra Diócesis. Jesús entra en una barca específica. En 1976, Él “entró” de modo nuevo en este territorio dominicano, eligiendo a Santa Cruz de Barahona como Su sede, estableciendo esta Catedral como el púlpito desde el cual continuar instruyendo a las multitudes.
Durante cincuenta años, esta Diócesis ha sido la “barca de Simón” para nuestro pueblo. Una barca frágil, hecha de hombres pecadores, como recuerda Pedro, pero una barca que tiene el privilegio único de hospedar al Maestro. En estos decenios, desde nuestra Curia, desde nuestras parroquias, desde las montañas de Bahoruco hasta las costas de Pedernales, Jesús ha continuado sentándose y enseñando, liberándonos del mal y llamándonos a la verdad.
2. La noche del fracaso y la Palabra de la esperanza
Pero el Evangelio no nos oculta la fatiga. Simón confiesa: “Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos pescado nada”.
¿Cuántas veces en estos cincuenta años, como Iglesia diocesana, hemos sentido esto? La noche de la pobreza extrema, la noche de los desafíos sociales, la noche en que las redes de nuestras estructuras pastorales parecían volver vacías. Quizás pensamos que nuestros esfuerzos eran inútiles ante la vastedad de los problemas de nuestras cuatro provincias.
Sin embargo, es precisamente aquí donde se inserta el milagro del Jubileo. El milagro no ocurre porque nos hayamos convertido en pescadores más expertos. Ocurre por la obediencia a la Palabra: “Por tu palabra, echaré las redes”. Y maestros de tal obediencia han sido los Pastores que han guiado esta Iglesia particular: el Obispo salesiano Mons. Fabio Mamerto Rivas Santos, sdb.; Mons. Rafael Leónidas Felipe Núñez, a quien en esta catedral encomendamos a las manos del Padre celestial el pasado diciembre; y Mons. Andrés Napoleón Romero Cárdenas, a quien agradezco el calor con que, en nombre de todos ustedes, siempre me recibe.
Pero el pasaje del Evangelio nos sugiere que no solo ellos son dignos de nuestro recuerdo. Jesús, de hecho, le dice a Pedro: “Navega mar adentro” el verbo está en singular, pero luego cambia a “Echen las redes” en plural. Hay siempre un juego entre el singular y el plural en todo el texto. Esto es interesante porque indica que es para uno —el Obispo, si quieren— pero también para todos, porque todos son responsables. Gracias, pues, a todos los sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos que en estos cincuenta años se han desgastado para hacer crecer la semilla del Evangelio en esta Iglesia local.
La Constitución Ad Animarum nos recuerda que la Iglesia vive de la “difusión de la sangre de Jesucristo”, una expresión que suena aún más profunda aquí, en Santa Cruz de Barahona. Nuestra fecundidad como Diócesis no depende de nuestros planes estratégicos, sino de nuestra capacidad de permanecer anclados a aquella Palabra que hace cincuenta años nos constituyó como pueblo. Cuando actuamos por nuestra cuenta, pescamos la “nada”. Cuando actuamos en el nombre de Cristo, las redes amenazan con romperse por la abundancia de la gracia.
3. El “concebimiento” de un pueblo nuevo
Hay otro detalle extraordinario del texto evangélico que hemos escuchado: para describir la pesca, en griego se utilizó el verbo “concebir”. Así como María concibió al Verbo cuando respondió: “Hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38), así la Diócesis de Barahona,
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Conclusión: Dejarlo todo para seguirle
Queridos fieles, el Evangelio cierra con una acción radical: “Sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron”.
¿Qué significa para nosotros hoy “dejarlo todo”? Significa dejar las seguridades mundanas, la indiferencia y el desánimo. Estos primeros cincuenta años son solo el inicio de una navegación que no tendrá fin.
Damos gracias por los pastores que nos han guiado y por los laicos que han testimoniado el Evangelio en los campos y en las ciudades. Pero hoy, miremos hacia adelante. Cristo está en nuestra barca.

