Empezó Haina a Moler
Cuando los likes valen más que la vida
Cuando éramos niños, jugábamos desde la creatividad, con recursos humanos. Utilizando la creatividad principalmente con tal de sentir la realidad y divertirnos.
En el colegio no solo aprendíamos materias, también aprendíamos de los golpes, de las caídas y de los logros, como la vida misma. Y en esa misma línea aprendimos lo que era ayudar, respetar y servir.
Entendimos la importancia de la empatía y del compromiso.
Todo eso sin móviles, sin redes sociales.
Hoy, al ver en lo que nos estamos convirtiendo, surge una pregunta inevitable ¿En qué momento perdimos el rumbo? ¿Qué nos está pasando?
Hace dos años tuve la oportunidad de conducir en República Dominicana. Más allá de los cambios del país, lo que más me impactó fue la agresividad al volante. Percibí una irascibilidad que no encaja con la alegría y cercanía que siempre han caracterizado al dominicano.
En un entorno donde cualquiera puede portar un arma, un simple gesto puede terminar en tragedia. Y si a eso le sumamos una realidad que, en ciertos contextos, se percibe con normalidad, como conducir con un arma, un celular y en ocasiones una cerveza al lado, el problema deja de ser puntual para convertirse en algo estructural.
No es solo lo que llevamos en las manos, sino lo que eso representa; una combinación de impulsividad, distracción y necesidad de exposición que puede empujar a muchas personas a actuar sin medir consecuencias. Incluso por encima de la vida.
Hoy, ser viral parece importar más que actuar con humanidad.
Esto no ocurre por casualidad. Como explica Tristan Harris, ex empleado de Google," Muchas plataformas digitales están diseñadas para maximizar el tiempo que pasamos en ellas, porque eso genera ingresos. Vivimos dentro de una economía de la atención."
Aplicaciones como Instagram, TikTok o X compiten constantemente por captar nuestra mirada. Y lo que más retiene nuestra atención no suele ser lo más humano o profundo, sino lo más impactante, polémico o emocional.
De ahí nace una dinámica peligrosa, reducimos nuestra identidad a números.
Likes, visualizaciones y seguidores se convierten en un marcador público de valor. Poco a poco, dejamos de vernos como personas, con nuestras complejidades y virtudes, y empezamos a vernos como contenido.
Entonces aparece el verdadero problema, si no gusta, parece que no valemos.
Hemos llegado a un punto en el que facturar online puede parecer más importante que detenerse a ayudar a alguien que lo necesita. Donde grabar un momento pesa más que intervenir en él. Donde observar sustituye a actuar.
Hemos normalizado una doble violencia, la que ocurre en la calle y la que consumimos en pantalla. Ambas tienen el mismo origen, la pérdida de empatía.
Hay una idea que no dejo de recordar, que me comentó alguien muy crítico y que nunca nos cansamos de analizar lo cotidiano y lo inusual ; "El derecho a la libre expresión del pensamiento no puede estar por encima de la dignidad de las personas".
Efectivamente, lo más preocupante es que lo humano ya no parece rentable. Ayudar no se vuelve viral. Salvar una vida no da likes.
Quizás el problema no son solo las redes sociales,
Puede que el problema es en que nos estamos convirtiendo dentro de ellas.
Porque el problema no es la tecnología. Es lo que estamos dispuestos a sacrificar por ella.

