Ideando

Pimentel: entre el abandono y el olvido

Para los que nacimos y crecimos en Pimentel, su ruina nos produce tristeza; ver como se debate su agonía entre polvo y lodo nos llena de dolor.

Nuestro pueblo da lástima. La indiferencia de las autoridades da coraje. Las repetidas y vanas promesas de los políticos es indignante.

La tragedia empieza en el deterioro de sus calles. En esa simpleza que ya ha sido resuelta en todas las comunidades del entorno, menos allá.

El pueblo se debate entre súplica, abandono y un desaliento que ya se ha cansado de esperar.

Allí, cuando no es la lluvia que inunda sus calles y las enloda, es el polvo que invade los hogares y los pulmones de la gente. Esa es la cotidianidad de una población hastiada de tanta precariedad.

Y no se trata de una situación nueva. Es una tragedia social de hace años que resurge con las promesas electorales y que desaparecen con la memoria corta de los políticos.

Pimentel no tiene una sola autoridad que le defienda y encabece sus reclamos con el vigor que amerita su precariedad social. Este pueblo está desamparado.

La situación de nuestro pueblo no solo afecta la salud mental y física de la población, también toca la dignidad y la economía de su gente.

Pero por encima de toda esta calamidad y el desaliento que provoca el abandono, también apena el hecho de que no se están pidiendo obras suntuosas, sino obras básicas como calles por donde pueda transitar su gente sin charcos, sin hoyos, sin riesgos.

Es hora de que las autoridades asuman su responsabilidad y hagan realidad su discurso. Porque este pueblo ha ido acumulando mucha indignación y la ira pudiera un día ser incontrolable y expresarse, ya no en calmados reclamos, sino en soberbias peticiones que dejen otro tipo de dolor.

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