Enfoques

El Cristo de los Estrados

Lo cierto es que ese día, como casi todos los días, asistí al tribunal con toga, birrete y maletín.

De inmediato percibí ese olor de cosas viejas, tablas húmedas y papel engavetado. Desde la secretaría del tribunal se hizo audible el rumor leve de las voces del personal. Escuché la risa de un alguacil de estrados.

Creyéndome solo inicié el cotejo de las piezas –de alguna convicción—del expediente de ese día. Durante algún tiempo (que no podría precisar) intenté concentrarme con escaso resultado en las razones y argumentos de la ocasión.

Tal y como lo comprendería más tarde, una casi imperceptible inquietud se desplegó en mi interior. Y agradablemente dirigida por una íntima curiosidad fijé la mirada en el estrado de la sala de audiencias del tribunal, todavía sin juez.

No me impresionó, sin embargo, el cuadro del Escudo Nacional, ni los sillones. Tampoco el timbre al lado del pisapapeles; hasta que avisté, en medio de estas cosas, un crucifijo desolado.

Lo vi con el asombro que me producía caer en la cuenta por primera vez de su presencia. Me cuestionó con fuerza la pregunta académica:—¿De acuerdo a qué texto legal está presente en los estrados?

Rápidamente y sin darme apenas cuenta pensé en la cantidad de juramentos fementidos que se habrían proferido en su presencia (no resistí pensar en las imprecaciones y amenazas). También, por supuesto, las declaraciones y deposiciones—no pocas veces interesadas y mendaces—vertidas en audiencia por testigos, informantes y partes.

Entonces, me aterré por los recursos y las defensas. Los dictámenes y las sentencias. Recordé los “accords barreau”.

Todavía dominado por la curiosidad académica, mi mente se trasladó a la universidad (PUCMM), sin poder dar con la pista de la disposición legal que acreditaba el crucifijo en los estrados.

Acto seguido, advertí que la sala de audiencias se estaba llenando de abogados apresurados y de público. El circo estaba por comenzar.

Muy atento quedé, cuando el ministerial cantó mi nombre precedido por el de mi cliente casi concomitante con la entrada del magistrado. Después de algunos escarceos y tumbos dialécticos el juez nos conminó a concluir al fondo. Y mientras mi contraparte lo hacía me quedé mirando “al que traspasaron”. Sentí que estaba vivo a pesar de estar tan olvidado; con otros ojos seguí contemplándolo (empecé a creer que Él también estaba mirándome). Y fue cuando obligado a concluir, concluí sin que concluyera mi inquietud.

La poesía de Gladialisa Brenes llenó mi mente y recordé que: “…cuando ya la esperanza esté perdida/y se apague el amor;…donde haya un hálito de vida/habrá fuego interior”.

A continuación, una antigua profecía se deslizó por mi memoria: “Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos como estrado de tus pies” (Sal. 110-1).

Salí precipitadamente del tribunal, todavía con la toga puesta. Un colega me llamó. Entonces volteándome le dije:—Es el Cristo. Pero el abogado replicó:—¿El qué...? Y esta vez a viva voz respondí:—El Cristo de los Estrados.

Ya por la tarde y fatigado de tanto buscar, telefonee a mi antiguo profesor, el emblemático jurista, doctor Artagnán Pérez Méndez (q.e.p.d.), a quien expuse la cuestión jurídica, y este acertadamente respondió:—“Nunca lo encontrarás en los textos legislativos, pues pasó a nuestra administración de justicia por la tradición francesa, teniendo a su vez un trasfondo religioso”.

A seguidas reflexioné, que aparte de todo esto, también podríamos razonablemente concluir, que la imagen desfigurada del crucificado no está sobre el escritorio para meterle miedo a nadie; ni para apalancar el juramento decisorio; tampoco, como un fetiche disuasorio. Realmente, está plantado como una advertencia infinita a jueces y abogados –y a toda la humanidad—del tremendo daño que se le puede hacer a una persona inocente, cuando es injustamente condenada, sin pruebas, ni motivos válidos.

Finalmente, meditando en la experiencia, llegué a la conclusión de que Aquel a quien buscaba estaba en el interior, porque “El Cristo de los Estrados”… es el Jesús del corazón.

Palacio de Justicia de Ciudad Nueva; Santo Domingo, R. D.

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