LIBRE-MENTE

Sobre los hijos legítimos de la Inteligencia Artificial

Ahora que el tiempo apremia y las serenas complicidades de la conciencia permutan con las pequeñeces de la vida, empezamos a rememorar, con liviana madurez, palabras que de casualidad sobrevivieron al inventario más sincero y dilatado de los recuerdos. Eran los días, evanescentes y fatigados, de nuestra presuntuosa juventud.

Desempolvando los archivos del pasado, imágenes borrosas del ayer, sobresalen esos años en los cuales, jóvenes impacientes y engreídos, creíamos saberlo todo. Pues, sin excepciones de tiempos y latitudes, los hijos han presumido siempre dominarlo todo, jactándose de mantener el control de su mundo prematuro y feliz. Esta es, fuera de vacilaciones, la primera y más embobada rebeldía de la bisoña testarudez.

Retrotraídos al eco de los diálogos ancestrales (que en aquellos días nos parecían tan inoportunos y torpones), nos percatamos de la inestimable apreciación de sus verdades. Regresar a las mocedades, entre agudeza y candor, reconocer como la paciencia del tiempo esculpió, con abundante sabiduría y tesón, los consejos imperecederos de nuestros padres. Rememorarlos sobrecogidos, frente a las imberbes fanfarronerías, y luego sentirnos sentenciados, al señalarnos: “Ahora no lo entenderán, cuando tengan hijos lo entenderían...”

Directas y seguras, las palabras poseían el filo de una lanza reverberante y dura. De la humildísima naturalidad de mi madre, provenían cautelosas; no obstante, el tiempo transcurrido y las muescas desgastadas y cambiantes de la historia, todavía resplandecen intactas, rigurosas.

Equivalente a cualquier familia, cada frase traspasó el hielo endurecido de la más fría memoria. Dado que, delante de nuestros hijos, solo el tiempo puede adjudicar certeza y entregar ejemplarizantes respuestas. Así, de igual a igual, nos hemos fraguados, con tamaña generosidad e idéntica condescendencia.

El fruto que creció a la sombra de un tronco florido, sombra bajo la cual se esparcen las semillas presentes de nuestra intrínseca descendencia. Indetenible y ancestral es la rueda que, conforme a la antropología más modesta, repite sin variar, desde tiempos inmemoriales, los rituales extendidos que anidaron en el seno de la familia nuclear.

¿Cuáles caminos recorrerán mañana los hijos de esta generación postrera? ¿A parte de la sangre y el apellido, con cuáles otras herramientas rescribirán los capítulos pendientes de nuestra itinerante descendencia?

Corto el espacio, inmoderada y veloz la vida, si elogiando virtudes y evadiendo desdichas, nos detuviéramos a testimoniar las diferencias irreconciliables que insinúa cada época. Sin embargo, dispuesta a subsanarlo todo, persiste todavía una ligadura arcaica, además de común, irrevocable: el amor que conlleva ser padre; madre.

Mirar la vida desde ese costado, similar al período de nuestros progenitores, mantiene viva la huella limítrofe entre cercanías y retraimientos, saboreando con ansiedad la oportuna llamada o la impaciente espera, ya que, infatigables, detrás de nuestros hijos, terminamos convertidos en centinelas.

Desde la historiografía, el marketing y la tecnología, Strauss y Howe (1991) confeccionaron el tinglado de una exótica “teoría generacional”, adoquinada de nuevas individualidades, emergentes ciclos y flamantes identidades sociales. Sobre el siglo XX y los umbrales de la posmodernidad, reubican un orden ramificado y predictivo, inflado de imaginería y tecno-optimismo. Después de la Segunda Guerra Mundial, su ensamblado tablero quedó articulado por numerosas generaciones: baby boomers (1946-1964), generación X (1965-1980), millennials (1981-1996) y centennials (1997-2010). Las demás, alfa (2010-2024) y beta (2025-2039), acuñadas con posterioridad, tienen la paternidad del demógrafo australiano McCrindle (2021).

Estos últimos serán los herederos del universo y los avances supratecnológicos, moteados de innovadoras subjetividades y advertidos de apremiantes angustias medioambientales. Sucesores, siempre más arriba, de millennials (Y) y centennials (Z), y señalados al nacer como los “vástagos de la inteligencia artificial generativa”. Merced a su inexplorable contexto, probablemente encarnen la generación más solitaria, hiperconectada y menos dependiente del apego familiar en toda la historia de nuestro género.

Del canon biológico y primitivo hasta la escuela hogareña, la experiencia histórica y las lecciones aprendidas nos adiestraron a pensar que la continuidad de los errores y las faltas, arrastran consecuencias indeseadas y desastrosas. Que, indefectiblemente, malos tratos e irreparables olvidos saldarán malas cuentas sociales y personales, a costa de nuestros hijos…

Encadenados por la fragilidad y la ternura, permanecemos atados a sus vidas; siempre nos restarán anhelos y sobrarán preocupaciones, sea para mejorar su dicha o para mitigar sus limitaciones.

¿Qué futuro representará la generación beta; de qué espiritualidad estará hecha? Cuando a duras penas comienzan a balbucear, y son llamados ya hijos legítimos de la inteligencia artificial...

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