SIN PAÑOS TIBIOS
Consummatum est
En el Gólgota, tras beber vinagre que le daba el legionario –en sus últimos momentos de vida– Jesús dijo: “Consumado es”, y murió. La alegoría bíblica no es extemporánea, pues a partir de ayer, muchas acciones y decisiones de Donald Trump, 47° presidente de los Estados Unidos, siempre harán un guiño al sector conservador que mayoritariamente (en todos los sentidos) le votó.
No es tiempo de juzgar o analizar desde la perspectiva de la ética o la moral. Los hechos son los hechos y están ahí; y el discurso de ayer fue el escenario perfecto para Trump esbozar a grandes rasgos los lineamientos de su segundo cuatrienio, y, sobre todo, sus fundamentos ideológicos.
Coger y dejar; separar la paja del trigo; lo posible de lo imposible; lo real de lo quimérico; carece de sentido frente a un demagogo profesional que no conoce límites de ningún tipo y que encarna –par excellence– el american way of life. El prototipo de hombre duro capaz de lograr con voluntad y esfuerzo propio cualquier propósito; el que abreva en los manantiales del espíritu indómito del pueblo que descendió del Mayflower, logró su libertad por las armas, se hizo nación y con pioneros como él conquistó el Oeste y formó un imperio en apenas décadas, etc.
Y si, es bueno no sólo coger a Dios con una mano y a los míticos relatos fundacionales con la otra, no para tratar de entender el discurso de ayer, sino para situarlo en la cosmovisión de decenas de millones de norteamericanos que ven en Trump un salvador (decir “mesías” sería herejía), que rescatará a la nación de las fuerzas oscuras en que se ha visto sumida (“edad dorada”). En el marco de ese relato con ribetes religiosos, cualquier idea, acción o decreto es posible y necesario para justificar “hacer América grande de nuevo”, incluso “perseguir nuestro destino manifiesto hacia las estrellas”.
Su discurso mezcla realidades y visiones, e ideas con sueños que, viniendo de otra persona y en otro contexto causarían risas entre políticos, empresarios, académicos, geógrafos y los cientos de PhD a sueldo de los departamentos de Estado, Defensa, entre otros. Pero no, no viniendo del un hombre ungido por el voto popular en unas elecciones en las que todos los participantes –activos y pasivos– sabían que más que elegir un presidente, lo que estaban eligiendo era qué tipo de Estados Unidos debían de ser. O lo que es lo mismo: hacia dónde soplarían los vientos que mueven al mundo.
Entre el pragmatismo y el populismo queda poco lugar para ideologías, pero los planteamientos conservadores en materia de soberanía económica, migración, seguridad, reclamaciones territoriales, energía, identidad, etc., no sólo son promesas cumplidas a sus votantes, también son un guiño a un electorado que en 2028 decidirá si profundizará el viraje ideológico o no.
Porque tan temprano como el 20 de enero de 2025, el trumpismo comienza a pensar en su supervivencia.