El dedo en el gatillo
Verdades y mentiras
Cuando llegué al país con la imagen de un realengo, ante mis quebrantos de salud iba a los hospitales públicos. El hospital “Morgan 17” quedaba a dos esquinas de mi primer trabajo y allí hacía filas para consultas clínicas. Un médico paciente me entregaba recetas de medicamentos que casi nunca podía adquirir. Solo tenía cobertura en farmacias del gobierno.
Me enfermaba poco. Era mayor la necesidad de sobrevivencia, y la obligación de mantener a los míos, allá en La Habana. Ellos esperaban mis noticias, en un país que luchaba por sobrevivir a un período especial inevitable después de la caída del Muro de Berlín. Mi ser era un pedazo de carne a flote gracias a la generosidad de aquel doctor con salario de miseria, pero inmenso que me abría las puertas de su sabiduría con los escasos recursos que tenía a mano. Siempre me descubría sentado en la sala de espera y se las ingeniaba para antenderme por encima de un gentío sobresaltado que gemía por su atención.
Cuando llegó la avanzada de mi familia, mi pequeño hijo fue atendido varias veces en el hospital Robert Read Cabral de entonces. Allí hacíamos turno unidos a la masividad infantil que a diario acudía en busca de sanación.
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