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Pensando

Repudio al feminicidio

La mujer, hija del amor, acoge con prudencia en su corazón los preceptos del sentimiento; así, los encantos de su mente darán brillo a la elegancia de sus formas, y como resultado de cultivar la belleza espiritual, la mujer conservará su dulzura, después que su flor se haya marchitado. Más que un producto de consumo, como se vende hoy día, la mujer es la compañera razonable del hombre, no la esclava de su pasión. La mujer debe vestirse con pulcritud, alimentarse de templanza y con humildad y mansedumbre, colocarse la corona de reina en su frente. Su mirada habla con suavidad y amor y la discreción es el secreto de su grandeza. La prudencia de sus acciones la hace llegar a las más elevadas posiciones en lo profesional y laboral, porque la palabra en su boca es la ley de su credibilidad, que nos lleva a la obediencia. Frente a las calamidades del hombre, sus caricias alivian su ansiedad y descansando en su pecho, recibimos el consuelo. La mujer es un ser que lleva la mayor responsabilidad en la formación de los hijos y en su desvelo, prima la conciencia de respetar lo sagrado de su intimidad. Su entrega no se negocia, se aprecia como cetro del amor. El amor no es un producto de la mente, ni una acción del intelecto, sino un fenómeno emocional y psíquico que experimentamos cuando queremos amar. Afortunado el hombre que valore a la mujer, feliz el niño al llamarla “madre” y el repudio eterno a quien apague su vida.  

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