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El mendigo Lilís

Muchos monarcas y presidentes a lo largo de la historia, antes de existir los sistemas de investigación modernos, hacían una serie de argucias para averiguar informaciones sobre el quehacer gubernamental, el buen uso de los fondos públicos y hasta conocer la verdadera valoración y actitud hacia su persona y gestión por parte de los más cercanos colaboradores y, sobre todo, de sus enemigos.

Uno de esos métodos era disfrazarse de mendigos y confundirse en el pueblo.

El más célebre de todos en hacerse el mendigo fue el emperador Calígula quien, como parte de su megalomanía, caminaba por las calles romanas disfrazado, incluso llegando a pernoctar hasta en la cárcel para luego proclamarse a sí mismo como un dios.

En Santo Domingo, también, a finales del siglo XIX, tuvimos un presidente que deambulaba por las calles disfrazado con ropas harapientas, sucio y desaliñado para dar la apariencia de mendigo y que nadie lo reconociera.

El presidente Ulises Heureaux (Lilís) salía de noche desde su casa ubicada en la actual calle las Mercedes 204, en donde hoy se encuentra la Casa de las Academias.

Esta mansión cuenta con dos salidas una delantera que da a la calle las Mercedes y la trasera que da a la calle Luperón, precisamente por la que salía Lilis para recorrer su entorno.

No fueron ni uno ni dos a los que agarró incautos. Lilís les cuestionaba sobre el presidente y cuestiones gubernamentales, cayendo algunos en críticas negativas sobre su persona y su gestión, lo que le permitía a él recibir la información de manera fidedigna y directa de los transeúntes coloniales, que no se imaginaban que el pordiosero con quien hablaban era el propio Lilís.

De esa práctica devinieron muchas destituciones y apresamientos de personas que denostaban ingenuamente al dictador.

Una de sus víctimas fue el poeta Fabio Fiallo, quien una noche salió de un baile en el barrio de San Miguel y de repente lo abordó un vagabundo andrajoso y sucio diciéndole que él sabía quién era: el famoso poeta.

Mientras Fiallo caminaba intentando esquivarlo, el lugareño le pedía que le escribiera un poema para su novia.

Pero, a su vez, le cuestionaba sobre su conocida oposición al Gobierno, tratando de sonsacarlo con opiniones políticas.

En eso tomaron la “Cuesta del Vidrio”, como tradicionalmente se llamaba a la bajada de la avenida Duarte hasta llegar a las Mercedes, pero cuando doblan las Mercedes hacia la derecha, unos oficiales del ejército que custodiaban la casa presidencial, al verlos, taconearon y se cuadraron militarmente.

El mendigo respondió con el saludo militar y se quitó los harapos delante del poeta para protestarles a los guardias: “Les he dicho que no hagan esto cuando voy de incógnito, ya me descubrieron”.

Fiallo no salía de la sorpresa. Aquel mendigo, prieto, desharrapado y haraposo era el propio Lilís.

Ya saliendo del personaje, con su lenguaje elegante, el dictador se despidió muy cortés y amigable. “Adiós, poeta” ·

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