SIN PAÑOS TIBIOS

En algún lugar del polígono

La ciudad es nuestro mundo. Nos civilizamos cuando empezamos a vivir en ellas; nos convertimos en ciudadanos desde que unimos a ellas nuestro destino. Ya no hay forma de escapar a su hechizo, el 82% de nuestra población es urbana y en los cordones de miseria que circundan Santo Domingo, cientos de miles sueñan con ascender por la escalera de una sociedad desigual, que brinda pocas oportunidades de desarrollo y crecimiento.

La capital es un ente vivo con dinámicas auto organizadas. Su sistema circulatorio vehicular obedece a la mecánica de fluidos, donde miles de coágulos de luces rojas brillantes taponan sus cruces y la infartan cotidianamente. Su corazón es el polígono, un constructo de planificadores; ese reducto en el que las élites se refugian, cual torre del homenaje medieval; el lugar donde pretenden pelear la última batalla contra la invasión de una gleba insurrecta que los cerca en sus restaurantes; que lleva a sus hijos a los mismos colegios que ellos; que camina en sus calles; que copa sus clubes sociales… en definitiva, que pretende (¡Oh Dios, qué sacrilegio!) igualarlos.

El polígono es pretensión y metáfora, pero también realidad e ironía. Cientos de miles de dólares pagados para vivir en un piso 15 o 20, no para mirar el mar desde el balcón, sino el balcón del frente; o desde la habitación principal, la ventanita del cuarto del servicio de la torre de al lado; para caminar en aceras pequeñitas sin arriates ni árboles; sin áreas verdes; sin vistas hermosas que no sean las que, ocasionalmente, puede ofrecer la vecina cuando camina semidesnuda en la sala, hablando en voz alta como si estuviera en el campo.

Demasiado apretuje en tan poco tiempo. Hemos pasado del campo a la casita, al apartamento, a la torre, en menos de una generación. En macro está bien, el ascensor social funciona y esa movilidad garantiza estabilidad democrática. Lo de la convivencia y buena vecindad es secundario.

Aunque el polígono colapsa, la vida bulle en él, diurna y nocturna. Sus restaurantes, bares y cafés se prestan para un hedonismo decente, pero no busques más. No pienses caminar de un lugar a otro y quedar a mitad de camino en tal parque; no salgas con el celular visible ni mucho menos camines en las calles de noche, que eso sólo lo pueden hacer los que vienen de tránsito, a trabajar, esos si tendrán que salir de madrugada o de noche, a riesgo de lo que sea; los demás -quienes viven en la burbuja-, pueden escoger.

La ciudad se desparrama, se proyecta hacia lo alto, y uno mira su caos crepuscular y no puede evitar amarla aunque la odie. En definitiva, ella misma es un reflejo de lo que somos y llevamos dentro; su pretensión de orden es una proyección de lo que aspiramos lograr y ser. Mientras todo eso pasa -si tienes suerte-, puede que veas caminar en sus precarias aceras a una mujer hermosa con pantalones blancos, entonces, lector, los problemas desaparecerán, porque la ciudad te ha sonreído.