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La penúltima puerta será siempre la ética

Até aparece en el universo de la mitología griega como la diosa del error, la fatalidad y la ruina. Guiada por su espíritu irreflexivo y el impetuoso exceso de su orgullo, termina expulsada por Zeus y proscrita eternamente del Olimpo. Errando por la tierra, sin una tarea fértil, queda condenada a la desdeñable misión de vivir para siempre pisando sobre la cabeza de los hombres...Personificación cíclica de pensamiento obstinado, que desprecia las otras ideas, arremete contra el juicio claro y embiste la reflexión. Pisoteando cabezas e ideas, Até vagabundea como antítesis y contrariedad histórica de todo (buen) conocimiento.

Más cerca de nosotros, es innegable que quienes nos antecedieron el siglo pasado, participaron de un acelerado proceso, en todos los órdenes, de eso que la intelectualidad occidental ha convenido en llamar período de Contrailustración. Sobreentendido está que la sociedad de la tradición ha caído, y voluptuosa y triunfal emerge la era del sentir y las sensaciones; tiempo raudo que la filósofa española Victoria Camps (2013) deslinda como el espacio “del todo vale”. Regido por un orden y modelo nuevos de convivencia voluble que, a ritmo similar, reta y sustituye cualquier otro ribete de la vida común.

Sin dudar de los avances incontestables en los distintos campos del saber y de la patente calidad de vida que el mundo ostenta hoy, se abre paso, de modo inestable y complejo, un camino paradójico, entre la transición y la incertidumbre, saltando sobre el miedo del pasado a una rara vergüenza del presente. Es cierto que cada época trae su propio afán ético y dilema moral, pero cuando una sociedad se abstiene de realizar en público sus actos más dignos, lo decoroso ha sucumbido y la moderación, en cualquier costado del espíritu humano, tendrá muy poco o ningún atractivo social.

Alegar que siempre tuvimos desvaríos, viciosos y narcisistas es tan real como patético. El problema estriba en que ahora la posmodernidad ha rejuvenecido al dios narciso, mostrándose más inagotable y ansioso que nunca, demandantemente exigente y perturbador. Y en esa línea seductora, el individualismo ya no hace galas nada más de sus dotes, sino que procura ser visto y escuchado por el mundo, sin pudor ni sonrojo. Al margen de lo correcto o lo despreciable, consagrando, sobremanera en la vida política, a escépticos absolutistas y fanáticos autárquicos.

Maestra

Maestra

Cuando hacer lo correcto comienza a parecer ridículo estamos presenciando la parte más baja y brutal de nuestra existencia. Observamos una renuncia, voluntaria o no, del arte de vivir adecuadamente libre. Desfase que, para la filosofía de la buena convivencia, se traduce en sintomática enfermedad social. Lo público y lo privado, sin distinción clara, entremezclan contenidos para, en innumerables ocasiones, terminar barriendo los altares básicos del respeto mutuo y de lo más íntimamente humano.

Los griegos (¡siempre los griegos!) separaron con maestría vigente la esfera de las cuestiones privadas (Oikos) de los asuntos públicos (Ágora), y mantuvieron muy en claro que hogar y política se relacionaban y separaban, consecuentemente, a favor y para la vida de la polis. La ética, como examen de la vida y los valores individuales y compartidos, aparece cuando los filósofos encuentran que, pese a mostrarnos racionales, nuestros actos humanos no siempre son razonables.

No debería extrañar el significado del vocablo Ethos, en cuanto que conjunto de costumbres y arte de forjar el carácter que, a su vez, es el rasgo dominante y exterior de la personalidad. ¿Pero qué significa hacer lo correcto hoy? Quizás el mejor y más ilustrativo ejemplo se encuentra en la afilada reflexión del filósofo Fernando Savater (2012), al sugerir que educar no es únicamente dar placeres sin restricciones, o preparar a los niños para una vida sin responsabilidad. Dado que educar implica, además, disciplinar para el arte difícil de vivir con y entre los demás, es decir, con los otros diferentes. Porque, a fin de cuentas, educar constituye aquello que puede ser desvelado y hacer brotar en nosotros lo más razonable que llevamos dentro.

Equivale a decidir cuáles valores se colocarán como ornamentos de nuestra existencia. Y aunque no resulta fácil, por la singularidad de cada sujeto, elegir si únicamente alardeamos de una existencia cosmética o, por el contrario, y en armónico sostén, si andamos sobre el eje de la vida ética. Aristóteles moldea aquí el juicio intelectual de la moderación como virtud (Areté), a la que llama “aurea mediocritas”, punto medio de oro, especie de armonía o justo equilibrio, el estado que solo alcanza el hombre poseedor de la frónesis, es decir, de la prudencia. Dice con esto, que el valor de la moderación, como expresión de la prudencia, es la elección por excelencia dentro de las denominadas virtudes cardinales.

Surgirán miríadas de opiniones al respecto, y cada uno, en plena libertad, optará por lo más conveniente o caprichoso; sin embargo, la mayoría de las personas, hasta inconscientemente, aspiramos, como máximo, a mantener una vida digna de ser vivida. Y esa forma de vivir, no exenta de defectos y fisuras, estará asentada, producto de la práctica vivencial, en la ejemplaridad. Poderoso faro de la razón por el cual, conforme a Savater, conscientemente y en condiciones normales, ningún padre o madre educa a su hijo apara que sea un suicida, ni le permitiría entrenarse para graduarse, con honores, de personaje antisocial.

Pero las virtudes ni flotan en el aire ni están sueltas en el globo de una lotería para que alguien se tropiece con el premio mayor, sino que cobran valor y vigencia cuando, aprendidas y practicadas, se vuelven hábitos comunes, vitales para las personas de carne y hueso. O sea, las motivaciones éticas, vividas en la cotidianidad de cada sujeto. A sabiendas de que, precisamente, por la imperfección del mundo y de la nuestra, es que nace y se justifica imprescindible la ética como sistema de valores.

Nos adentramos en el campo de la ética, o más bien en el ideal de los valores del buen vivir, cuando nos cuestionamos acerca del sentido que tiene vivir correctamente, y la ganancia que otorga hacerlo con base a un pequeño ramillete de virtudes ciudadanas que, por lo común, heredamos de la tradición clásica, aplicadas a la vida práctica, razonablemente libre. Puede resultar molestoso, pero, por más libertad que pretendamos, no tendremos el derecho de ser imbéciles, tampoco una prerrogativa sagrada que pueda arreglar nuestra estupidez. Sobre todo, cuando de esos vicios se desprenden consecuencias que dañarán a los demás.

Todos, hasta quienes no la merecen, constantemente aprecian y apelan al valor de la libertad, pero no todos la pretendemos ni asumimos acompañada de su gemela idéntica, la responsabilidad. Y una sin la otra es precaria y vulnerable y, en tanto cual, se volverá desafortunada, indefensa y desvalida. El entorno actual es transitorio y difuso, la diosa Até, deambulando por el mundo, continuará pisando ideas y aplastando cabezas pero, como escribe Savater, no existen animales tontos, ni siquiera nosotros mismos. Y algo fundamental, como siempre, deberá ocurrir para hacernos cambiar el rumbo de las pisadas...

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