MIRANDO POR EL RETROVISOR

Una multa de tránsito inmerecida

“Dada”, como le llaman sus amigos, brinda servicio de motoconcho en el entorno de la urbanización Máximo Gómez, en Villa Mella, municipio Santo Domingo Norte.

Aunque me atemoriza utilizar motocicletas como medio de transporte, suelo usar sus servicios para llegar con rapidez a algún lugar cerca de la urbanización donde resido. Lo hago porque conduce con prudencia y respeta las normas de tránsito, algo poco común en conductores de motos.

Dada siempre tiene su casco protector y chaleco de identificación puestos, se coloca detrás de la línea del peatón, cede el paso, se mueve con cautela entre los vehículos para avanzar en medio de los taponamientos y espera con paciencia el cambio de luces en las intersecciones.

“Debo cuidar a los usuarios, a los demás conductores y peatones y a mí mismo”, me dijo la última vez que le comenté montado en su moto sobre la actitud respetuosa que observa en las vías públicas.

De Dada me acordé el pasado viernes cuando me desplazaba con un chofer de prensa del Listín Diario rumbo al periódico en horas de la tarde.

Tomamos la avenida San Martín y el chofer se coloca correctamente en el carril izquierdo con varios vehículos delante, a la espera de que cambie la luz roja del semáforo, para doblar en dirección hacia la Máximo Gómez.

Justo debajo del semáforo –todavía con la luz amarilla- al chofer que iba delante se le apagó el vehículo y tuvimos que detenernos. No podíamos retroceder con otro vehículo detrás ni avanzar con el de alante apagado.

En lo que el vehículo que iba delante volvió a encender, la luz del semáforo cambió a roja y cuando finalmente doblamos allí estaba la agente de la Dirección General de Tránsito y Transporte Terrestre (Digesett). “Los papeles, usted cometió una violación de tránsito”, dijo ella al chofer con cara de pocos amigos.

No valió que el chofer le argumentara que debido a las circunstancias no se justificaba la multa, ya que por el imprevisto del otro chofer se vio obligado a detener la marcha debajo del semáforo.

Yo desde el asiento de pasajero también intenté razonarle que el chofer tenía razón, pero no me prestó la más mínima atención. “Los papeles”, reiteró. Su actitud me demostró de inmediato que cualquier razonamiento sería inútil.

En realidad, ninguno de los dos conductores fue culpable de la “infracción” y el episodio que les cuento terminó con el chofer ya fuera del vehículo, enfadado, deseándole algo que no escuche y la agente de la Digesett pidiéndole a Dios que se lo multiplicara a él.

Los choferes del Listín Diario tienen la instrucción de la empresa de observar una conducta ejemplar en las calles, avenidas y autopistas del país, para evitar incurrir en violaciones e imprudencias que tanto criticamos.

Si se equivocan y cometen alguna infracción, pues apoyamos que asuman las consecuencias como cualquier otro ciudadano.

En este caso pienso que la agente de tránsito aplicó la ley, pero fue injusta por las circunstancias que envolvieron “la falta” y, al mismo tiempo, asumió una actitud intransigente al negarse rotundamente a escuchar los argumentos del chofer.

Ya uno se explica por qué en las vías públicas son tan frecuentes los altercados entre conductores y agentes de la Digesett, a veces no tanto por las multas injustas, sino porque ni siquiera son escuchados.

Nada se pierde con escuchar y mostrar que la opinión del otro importa, aunque finalmente el agente decida sancionar al conductor.

¿Por qué me acordé de Dada en ese momento?

La próxima vez que utilice sus servicios de motoconcho tendré que advertirle que en cualquier momento podría estar expuesto a una sanción inmerecida, aunque sea un conductor ejemplar.

Pienso que un motoconchista tan correcto como él se sentiría bastante desilusionado si le colocan una multa de manera injusta y sin darle la oportunidad tan siquiera de escuchar sus argumentos.

La Digesett bien pudiera trabajar en ese aspecto con sus agentes de tránsito, sin que esto conlleve dejar de aplicar la ley con todo el rigor que amerita, para mitigar las frecuentes imprudencias en las vías del país.

Mi temor es que un día frustren a una golondrina como Dada y que decida, a partir de ese momento, dejar de hacer verano en su motocicleta de manera individual.

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