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Puntos de vista sábado, 22 de agosto de 2020

FE Y ACONTECER

“Señor, tu misericordia es eterna”

  • “Señor, tu misericordia es eterna”
Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez

 XXI Domingo del Tiem­po Ordinario 23 de agosto 2020-Ciclo A

a) Del Libro del Profeta Isaías 22, 19-23.

El profeta anuncia, de parte de Dios, a Sobná, indig­no mayordomo de la casa real de Ezequías, el piadoso rey de Ju­dá (716-687 a.C.), su próxima destitución del cargo. El nuevo primer ministro será Eliacín de cuyo hombro, en su investidu­ra, colgará el rey la llave del pa­lacio de David. Lo que él abra nadie lo cerrará, y lo que él cie­rre nadie lo abrirá. Este pasaje de Isaías se recoge en el Apoca­lipsis (3, 7-8), aplicado a Cris­to. Por eso fue considerado por los Padres como texto mesiá­nico. Efectivamente, en el este pasaje del Apocalip­sis se trata de un mensaje de consuelo y esperanza para el Obispo de Filadel­fia, en el Asia Menor. Era un hombre fiel al Espíritu Santo, pero que confronta­ba dificultades en el apos­tolado. (Apocalipsis 3, 8). “He abierto delante de tí una puerta”, quiere decir: te he preparado un aposto­lado exitoso. Se indica así la condición de guardar la palabra de Dios y serle fiel.

Este pasaje de Isaías se lee en este domingo por la re­lación con el pasaje de San Mateo que comentaremos más adelante. La imagen de las llaves colgadas del hom­bro de Eliacín, parece el pre­anuncio de aquellas otras lla­ves entregadas a Pedro.

b) De la carta del Apóstol San Pablo a los Romanos 11, 33-36.

En estos últimos versículos de la carta a los Romanos, el Apóstol continúa con la expli­cación que ofrecía sobre la uni­versalidad de la misericordia de Dios, que comentábamos el pasado domingo, que es pa­ra todos judíos y gentiles. Mu­chos consideran que el pasaje de Rom.11, 33-36, constituye el himno conclusivo de la parte doctrinal de esta carta (Rom. 1-11) Este es un himno de glo­ria y alabanza para dar gracias a Dios por sus atributos y plan divino, pues de Él procede la ri­queza, sabiduría, la ciencia, to­do viene de Él, y a Él nadie le ha dado nada.

c) Del Evangelio de San Ma­teo 16, 13-20.

En estos versículos, a partir de las preguntas de Jesús a sus discípulos, se distinguen tres partes: Identificación de Jesús por la gente; Confesión de Pedro en nombre de los demás Apóstoles y Primado de Pedro, que es identifica­ción del Apóstol por parte de Jesús. La primera pregunta es bastante obvia, el pueblo sencillo, lo tiene por un pro­feta.La segunda pregunta: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, tiene como resulta­do una respuesta más com­prometida, una profesión de fe mesiánica y cristológica que supone ya la revelación del Padre: “Tú eres el Me­sías, el Hijo de Dios vivo”. Es­ta afirmación conllevará pa­ra Pedro una promesa formal de Jesús: será la piedra sobre la que Él construirá su Iglesia.

Respecto de la Iglesia y de la salvación humana, la pie­dra angular es Cristo (He­chos 2, 11), aunque invisible, Él es el fundamento primero y nadie puede poner otro co­mo afirma San Pablo. La ga­rantía de permanencia de la comunidad eclesial a tra­vés de los siglos y a pesar de las muchas dificulta­des, frente a la caducidad de toda empresa humana, es Cristo mismo. El sim­ bolismo de las llaves, que también aparece en la pri­mera lectura, significa la autoridad y el gobierno so­bre la casa y la ciudad. La potestad de atar y desatar expresa, además de la auto­ridad, también el gobierno, el magisterio, el discerni­miento y el juicio absoluto­rio o condenatorio.

La segunda pregunta Jesús nos la hace a noso­tros hoy, y admite tres va­riantes: ¿Quién es Jesús en sí mismo?; ¿Quién es Je­sús para mí? Y ¿Qué sig­nifica Jesús para el mun­do y el hombre? Para la primera bastaría una res­puesta dogmática y teo­lógicamente correcta; la segunda requiere una res­puesta en profundidad, más comprometida, que brota de lo más profundo del corazón y supone una vivencia personal.Respon­der a la tercera pregunta implica la imagen misione­ra y evangélica que de Cristo refleja la comunidad eclesial.

Fuente: Luis Alonso Schökel: La Biblia de Nuestro Pueblo.

B. Caballero: En las Fuen­tes de la Palabra.