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Las Mundiales miércoles, 27 de enero de 2021

En Israel, los supervivientes del Holocausto no están solos pese a la pandemia

Miles de supervivientes del Holocausto que aún viven en Israel han "padecido lo peor" y ahora sufren terriblemente por la pandemia del coronavirus

  • En Israel, los supervivientes del Holocausto no están solos pese a la pandemia

    Foto de archivo  

  • En Israel, los supervivientes del Holocausto no están solos pese a la pandemia
Alexandrs Vardi | AFP
Haifa, Israel

En la pantalla del ordenador del centro de llamadas aparece el rostro afable de Naomie Lichthaus, una israelí de 86 años que, como otros supervivientes del Holocausto, busca romper a distancia su necesario aislamiento causado por la pandemia.

En su pequeño apartamento de Haifa, una gran ciudad del norte de Israel, Naomie Lichthaus dispone de una tableta para contactar o ser contactada por el centro de llamadas de la asociación Yad Ezer La-Haver ("Una mano tendida a un amigo", en hebreo), que ayuda a los sobrevivientes del genocidio nazi.

Este domingo de enero, Naomie pide un andador. Sin esperar, Murad Marehi se sube a su moto y se lo lleva. "Estamos en buenas manos", exclama Lichthaus a la llegada del joven voluntario, asegurando que con la pandemia "afloran los recuerdos".

Nacida en el gueto de Chernivtsí, otrora ciudad rumana situada actualmente en Ucrania, Naomie era una niña cuando la Segunda Guerra Mundial estalló.

Y lo que vio, "nunca" lo olvidará, como el día en que dos ucranianos entraron en su casa y apalearon a su madre porque era judía, recuerda.

"Llamamos cada día a más de 3.500 personas", explica Shimon Sabag, fundador de esta oenegé con sede en Haifa, ciudad portuaria donde muchos judíos procedentes de Europa echaron el ancla.

A su juicio, los miles de supervivientes del Holocausto que aún viven en Israel han "padecido lo peor" y ahora sufren terriblemente por la pandemia del coronavirus y sus sucesivos confinamientos.

Caídas, infartos

Muchos no tienen familia y enfrentan problemas económicos, asegura Sabag a la AFP. Además, no pueden salir de casa a causa del confinamiento, su edad avanzada y los eventuales riesgos.

Este aislamiento hace aflorar los traumas del pasado, "los recuerdos de los campos de exterminio, la escasez y el miedo", expresa.

Para responder a esta angustia, su asociación, que presta ayuda alimentaria y médica a los ancianos de Haifa desde 2001, ha creado este centro de llamadas que permite asistir a los supervivientes a distancia, las 24 horas del día, los siete días de la semana.

"Hablamos con ellos, les mostramos que estamos aquí, que los cuidamos", explica Shimon Sabag, para quien "la tecnología ha hecho posible dar calor a la gente".

"Si alguien no responde, enviamos enseguida a uno de nuestros moteros" para ver qué pasa, subraya el fundador de la oenegé. "En más de una ocasión hemos encontrado a personas en el suelo tras un accidente cerebrovascular, un infarto o una caída", recuerda.

"Calle de los Supervivientes"

No muy lejos del centro de llamadas, en una avenida apodada la "Calle de los Supervivientes", un hogar acoge a 100 de ellos que se encuentran en la recta final de sus vidas y viven en apartamentos de la asociación. Allí pueden poner fin a su soledad y, en épocas sin pandemia, disfrutar.

"Estamos acostumbrados a estar activos. Hay un club donde jugamos a las cartas, pero ahora todo está cerrado y todos se quedan en su casa", lamenta Sara Leibovitz, de 93 años. "Es muy duro, nos aburrimos".

Oriunda de Rumanía, esta mujer fue deportada siendo adolescente con su familia a los campos de Transnistria, donde vio a sus padres morir de tifus.

Las reglas de distanciamiento obligaron a cerrar el refectorio de la residencia, que tuvo que adaptarse para repartir las comidas.

"Yad Ezer me da un techo, comida, ropa y todo lo que necesito", agrega la mujer, cuyo rostro se ilumina al abrir una bolsa de plástico que le acaban de dar y que contiene un plato caliente.

"Es duro porque estamos solos, pero aquí tenemos la suerte de que cuidan de nosotros. Nos tienen en cuenta, nos respetan", declara con voz cansada Haya Caspi, una superviviente rumana de 88 años, mientras espera que vengan a buscarla para ir a vacunarse contra el coronavirus.


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