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La Vida domingo, 12 de julio de 2020

El pelo “Afro” como derecho civil en los Estados Unidos

  • El pelo “Afro” como derecho civil en los Estados Unidos

    Con el paso del tiempo, la moda ha cambiado, pero la libertad de expresión a partir del cabello, no.

     

  • El pelo “Afro” como derecho civil en los Estados Unidos
  • El pelo “Afro” como derecho civil en los Estados Unidos
Coordinación: Patricia R. Blanco y Giomar del Ser
Tomado de El País

No es extraño que una conversación con MalaikaTamu Cooper, de 53 años, propietaria de una peluquería, arranque tratándose de su cabello y acabe abordando la esclavitud. Ser afroamericana la obligó a enfrentarse a un dilema que las mujeres de otras etnias pueden ignorar: dejar crecer su pelo natural, rizado, o someterlo a productos químicos para domarlo. Lo que para unos puede parecer un acto trivial, incluso vanidoso, para ella implica decidir cómo “sobrevivir en la América corporativa blanca”. 

La mayoría de las mujeres negras usan lociones químicas para alisarse el pelo. Muchas quieren lucir un estilo afro o rastas o trenzas, como sus antepasados, pero no se atreven. Les puede el temor a perder un empleo o el miedo a ser rechazadas, incluso, por los mayores de sus familias, que no conciben el cabello libre como un derecho. Símbolo de la lucha por los derechos civiles, pese a décadas de demandas en los tribunales, el pelo natural en los afroamericanos es aún una excusa para la discriminación racial en EE UU. Una discriminación sistémica que en las últimas semanas ha dado la vuelta al mundo por las revueltas contra el abuso policial hacia la comunidad a raíz de la muerte de George Floyd a manos de un agente blanco durante un arresto brutal, el pasado 25 de mayo en Minneapolis. Pero que, en realidad, es una lacra que se extiende por todos los rincones de la sociedad y que también se puede contar a través de los salones de belleza. 

La madre de Cooper, una de las primeras mujeres en la organización Panteras Negras de Baltimore, dividía la melena afro de su pequeña en dos coletas. Pero su abuela ?“una católica estoica”, recuerda?, con quien vivía la mitad del año, se lo planchaba. “Mi abuela nació en los años veinte y su madre a finales del siglo XIX. Durante ese tiempo querían asegurarse de lucir limpias, de que tuviéramos lo que ellas entendían que era un pelo saludable. Esa es una generación víctima de un lavado de cerebro del que todavía quedan reminiscencias”, se lamenta Cooper. 

La peluquería Dreadz N Head Saloon es un hervidero de gente un viernes de febrero. El olor a champú se mezcla con el del pollo frito que reposa en un envase de comida para llevar en la mesa de Cooper. Las delgadas rastas de la mujer alcanzan el metro y medio de largo. No siempre lo llevó así. En los años noventa, trabajaba en la compañía fotográfica Picture People. Según cuenta, tras 10 años como empleada, informó a su jefe, blanco, de que empezaría a lucir un estilo afro. “[Mi jefe] me respondió que no podía porque no se vería profesional. O me hacía la permanente lisa o perdía mi trabajo”. Cooper renunció y se convirtió en una “máster del pelo natural”. Lleva casi tres décadas ofreciendo charlas en su comunidad sobre la importancia de valorar el cabello natural, un empeño que la ha llevado a grandes capitales como Londres y París, y países de África como Nigeria. 

Malaika-Tamu Cooper es ahora propietaria de dos salones de belleza especializados en peinar melenas características de los afroamericanos. La pandemia golpeó el negocio con fuerza el primer mes, pero ahora dice que la demanda es mayor que antes. En sus establecimientos no se utilizan productos químicos, algo que ha ayudado a incrementar su clientela, especialmente entre los millennials. “Ellos nos están redefiniendo porque están poniendo en valor lo que nosotros creemos que es belleza, no lo que la tele dice que es”, explica. Llevar el pelo natural es, además, una ventaja para el bolsillo. 

La industria del cabello en la comunidad afroamericana mueve unos 2.500 millones de dólares (2.300 millones de euros), según la agencia de investigación de mercado Mintel. Esta cifra, de 2019, excluye lo que se invierte en pelucas, extensiones y visitas a la peluquería, por lo que se considera una estimación bastante conservadora. Las protestas contra el racismo han tenido un primer impacto en los departamentos de policía por las acusaciones de abuso, pero también en los escaparates de productos de belleza. La multinacional Walmart anunció a mediados de junio que abandonará la polémica práctica de mantener bajo llave los productos de belleza o para el cabello “multiculturales”, que en la práctica consumen mayoritariamente las afroamericanas. 

Pero la batalla no solo se ha dado en los salones de belleza. Los tribunales de EE UU llevan décadas recibiendo demandas de afroamericanos que fueron despedidos de sus trabajos por llevar el pelo al natural, sin domar. 

Aunque las mujeres son las más afectadas en EE UU, este problema también atañe a los hombres. Malcolm X, el legendario activista por los derechos de los afroamericanos, narra en un capítulo de su autobiografía, publicada en los años sesenta, la primera vez que se hizo un conk, término con el que se conoce el producto químico para alisar el cabello masculino. “Fue mi primer gran paso hacia la autodegradación: cuando soporté todo ese dolor [al echar lejía en mi cuero cabelludo], literalmente me quemé la piel para que pareciera el cabello de un hombre blanco”. Por eso, el director de cine Spike Lee decidió que en Malcolm X, la película sobre la vida del activista, el primer acto de rebeldía en su conversión fuese el de volver a lucir su pelo natural. 

Pese a que este tipo de discriminación recorre el país, hay algunos Estados que han empezado a tomar medidas. California, Nueva York y Nueva Jersey aprobaron el año pasado la ley Crown, crea un lugar de trabajo respetuoso y abierto para el cabello natural), que prohíbe la discriminación por el tipo de peinado, también en los centros educativos. Colorado y Virginia hicieron lo mismo en marzo y otra veintena de Estados han presentado proyectos de ley para sancionar la discriminación por el pelo afro en sus respectivos Congresos estatales. 

En las pasarelas, en los noticiarios y hasta en la Casa Blanca: cuando una mujer afroamericana alcanza gran exposición, lo común es verla llevando el pelo lacio, una peluca o extensiones con cabello ajeno o artificial. Michelle Obama, por ejemplo, se dejó ver con el pelo liso durante los ocho años que ejerció de primera dama (2009-2017). Pero el pasado verano, durante una gira por Vietnam, lució su melena encrespada y, desde entonces, se la ha visto así en reiteradas ocasiones. Algo está cambiando.

Los millennials han roto las tendencias de sus madres, abuelas y bisabuelas. “Ellos no tienen el miedo que nosotras teníamos”, reflexiona Cooper en su solicitada peluquería de Baltimore. Como Brittney Maske, de 23 años, que solo se hizo la permanente una vez en su vida, a los 12. Desde entonces prefiere dejárselo al natural. “A mis amigas que no les gusta su cabello, se hacen weaves [tejido con pelo ajeno]. En mi generación ya no se usan las pelucas [que pueden agravar la pérdida de cabello]”, comenta. 

Las ventas de relaxer, la crema alisante que tiene lejía entre sus ingredientes, consumida principalmente por negros, cayeron un 36,6% entre 2012 y 2017, según Mintel. Casi tres de cada cuatro millennials dicen que no compran productos para el cabello con químicos, frente al 36% de los boomers –la generación nacida entre 1946 y 1964–, según revela un informe de 2019 de la consultora Euromonitor International. Las afroamericanas gastan casi nueve veces más que mujeres de otras etnias en productos para el cabello y belleza, informa Nielsen. “Las weaves pueden costar 500 o 600 dólares (460 o 552 euros), dependiendo de dónde te lo hagas, y te lo tienes que quitar [cada dos meses]. Hay gente invirtiendo hipotecas en su apariencia”, cuenta Camille Robinns-Reed, dueña de un salón de belleza en Silver Spring, a las afueras de Washington. 

La gente que ha vivido en el sur, tradicionalmente conservador, epicentro de la esclavitud y la segregación, suele tardar mucho más en tomar la decisión de emprender “el viaje”. Algunas mujeres acuden a la peluquería con la intención de hacerlo, pero necesitan casi seis meses de largas conversaciones con las estilistas hasta que toman la decisión. Una vez realizado el cambio, a menudo no se atreven a mirarse al espejo. Tienen pánico. Toda la vida la gente les han dicho que no tenían una apariencia digna de respeto, explica RobinnsReed, pero cuando tienen el coraje de girar la silla para ver el resultado, ella les susurra con dulzura: “Mira lo hermosa que eres”.