LITERATURA

Junot Díaz y la ‘identidad literaria’

“ANTES DE LOS PREMIOS ERA UN BICHO RARO, UN ESCRITOR MÁS”, DIJO EL ESCRITOR DOMINICANO EN EL II FESTIVAL DE LA PALABRA, EN EL DEBATE "LA MIGRACIÓN COMO MATERIA LITERARIA: CON EL PAÍS A CUESTAS"

Carlos Franz, Junot Díaz y Andrés Neuman en el debate “La emigración como materia literaria: con el país a cuestas”.

Carlos Franz, Junot Díaz y Andrés Neuman en el debate “La emigración como materia literaria: con el país a cuestas”.YANIRIS LÓPEZ

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Yaniris LópezSan Juan, Puerto Rico

El escritor dominicano Junot Díaz resta importancia al lugar desde donde se escriba y por eso no entiende por qué, cuando de autores se trata, la gente pelea por cuestiones de identidad geográfica. Sin embargo, sí se pregunta por qué el dinero de los emigrantes siempre es bienvenido en República Dominicana y no así las ideas de sus intelectuales de la diáspora.

A principios de 2008, antes de convertirse en ganador del Premio Pulitzer por “La breve y maravillosa vida de Oscar Wao”, había dicho a una revista venezolana que su sueño era convertirse en un gran escritor. Tras el reconocimiento internacional del que ya goza, su sueño ha variado un poco, según dejó entrever en el II Festival de la Palabra, el encuentro literario iniciado en Puerto Rico en 2010 y que este año se dividió entre San Juan y Nueva York.

Junot (Santo Domingo, 1968) participó junto a un siempre brillante Andrés Neuman (Argentina-España) y un discreto Carlos Franz (Ginebra-Chile) en un debate que no llegó nunca a debate titulado “La emigración como materia literaria: con el país a cuestas”.

El autor, que emigró a Nueva Jersey a los 6 años y escribe sus obras en inglés, recordó que Estados Unidos siempre ha estado presente en la mente de los dominicanos que viven en la isla como un destino para llegar y establecerse, y que nunca tuvo muchas fantasías con relación a vivir allí.

“La gente quiere pelear por eso de la identidad, siempre estoy metido en eso. Hay gente que no quiere entender la diáspora como parte del dominicano”, dijo Junot desde la tarima principal del Festival, en el Cuartel de Ballajá.

Pese a que nunca dejó de lado su peculiar modo –muy a lo dominicano– de hablar y sonreír, se le notó un poco dolido al hablar de un tema muy recurrente en sus escritos. Incluso llegó a decir que la diáspora sólo es bienvenida en el país cuando se trata de dinero, no de ideas, e insinuó que antes de los premios era un bicho, un escritor más.

“Cuando me estaba criando en New Jersey todos los gringos me decían tú eres dominicano; cuando yo viajaba a mi país todos me decían este maldito muchacho es un gringo, mira cómo habla español, está jodido (...). A partir de los premios soy un dominican writer. Me cambiaron el pasaporte y me dieron uno nuevo”.

Así que el autor de Negocios compartió un sueño con el público reunido en Ballajá. Dijo que sueña con que los caribeños cambiemos la identidad actual, “antigua y muy cerrada”, por una más cercana que reconozca el esfuerzo de los emigrantes que se sienten también parte de sus países de origen y contribuyen con su desarrollo, más si se toma en cuenta, insinúa, que son pocas las familias caribeñas que no tienen parientes en Estados Unidos.

Sueña con que acabe el debate que nunca ha sido realmente debate y que la identidad pase a ser un asunto de contacto, no de división. El público, quizá recordando los tiempos en que el Caribe compartía intelectuales, ideas y otro tipo de sueños, le aplaudió.

UN ENCUENTRO PARA RECORDAR 

Si algo memorable dejó el II Festival de la Palabra, en la capital puertorriqueña, fue ese contacto entre escritor y lector rara vez materializado y que tanto marca -sobre todo- al último.

Debe ser porque no siempre se da la oportunidad de escuchar a Ana María Matute hablar sobre la atracción del mal, o a Ernesto Cardenal disfrutarse, con humor y risa, cada una de sus lecturas; descubrir autores como Eduardo Halfon y confirmar leyéndolo que aún se escriben libros de esos que merecen disfrutarse línea por línea; ver la cara de Ezequiel Martínez y rememorar las buenas lecturas legadas por su papá, don Tomás Eloy Martínez, a la literatura universal; o confundir, con vergüenza a cuestas, a Santiago Gamboa con Fernando Iwasaki, ¡ay!