COSAS DE DUENDES
Cogiendo fiao
De chiquita recuerdo que me mandaban a buscar víveres fiaos donde una señora que se llamaba Juana que tenía la cara de “machete”. Si mi papá se había atrasado en pagarle, yo lo descifraba en el adusto rostro de Juana. No niego que quedé como traumatizada del hecho de ir a buscar cosas sin dinero y debe ser por eso que de adulta no me gusta coger nada fiao. Trato de comprar con el dinero en la mano y cuando alguien suele traerme collares, perfumes o cualquier mercancía para que le pague después, soy yo quien persigue al vendedor o vendedora para honrar el compromiso de pago. Es casi una manía. Con decirles que me tomó un tiempo, hace muuuchos años, decidirme a sacar mi primera tarjeta de crédito. Así que a mis hijos, gracias a Dios, nunca les ha tocado ir a buscar nada para “agregar a mi cuenta” donde alguna señora malhumorada que olvide el maravillosos lema “el cliente siempre tiene la razón aunque pague después”. El término “fiao” ni siquiera se usa en mi casa. Para mí que mis hijos ni lo conocían. Por lo que siempre estuve convencida de que es poco probable que alguno de ellos se acoja a esta práctica tan común entre nosotros, los dominicanos. Además, como usted comprenderá, apenas tienen entre siete y 11 años, así que no producen ni tienen la responsabilidad para comprar a crédito. Eso pensaba, pero me equivoqué. Resulta que en estos días el más pequeño, de siete, llega del campamento donde está por el verano y cuando le reviso la mochila, veo que dentro hay un papelito y pienso que se trata de alguna actividad de ésas que te anuncian para que lo mandes con algo especial, pero no era así. Se trataba de una especie de “vale” en el que me informaban que el susodicho debía 40 pesos en la cafetería del campamento. Cuando lo abordé sobre por qué se había atrevido a tomar algo a crédito, me explicó que le dijo a su profe que su dinero se había perdido y que entonces recibió una autorización para que tomara lo que quisiera y luego lo pagara. Yo le insistí en por qué no me lo había dicho o lo había pagado con el dinero que llevaba todos los días, pues durante la semana le estuve dando una cantidad superior a los 40 pesos adeudados y él, sin inmutarse, hasta comentaba lo que compraba pero, por lo visto, no se acordaba de saldar su deuda. Me miró sonriente con su cara pícara de marciano, pero la sonrisa le fue desapareciendo del rostro al ver que yo permanecía seria esperando su respuesta. Ya con los dientes bajo llave, parecía meditar. Me confesó que era la segunda vez que le daban el papelito; es decir, fue necesario el cobro compulsivo. Así que, con mayor razón, le insistí en por qué no había pagado, pero permaneció callado y sólo se encogió de hombros. Entonces, respiré y le expliqué que coger fiao no significa un regalo sino que debes pagar lo recibido porque se trata de un compromiso. Le entregué el dinero que reclamaba el “pagaré”. Cuando regresó, me dijo, con la carita muy seria, que ya había honrado su deuda. Menos mal, pensé, porque tenía miedo de que se comiera el “abono a pago” y además de “coge fíao” me saliera “pícaro”.

